A través de la ventana del taxi, Ernesto mira con inusitado interés los rostros de las personas que caminan como hormigas hacia su trabajo: hombres, mujeres, ni?os, ansíanos, todos sin expresión alguna, desprovistos de su humanidad, reducidos a meras máquinas de obediencia. ?Y que soy yo? Se preguntó mirando de reojo al taxista, quien hiso contacto visual con él. ?También soy una máquina de obediencia! Se reclamó a gritos dentro de su cerebro. En cambio aquel joven del bus, o su vecino, parecían llenos de una libertad que él nunca conocería, la libertad de no obedecer a nadie, más que a sus propios instintos o deseos. ?Deseo! ?La deseo! Gritó una vez más para dentro de sí mismo, el deseo de poseer a aquella joven, de aquella curva, lo inundo como si se hubiera roto en mil pedazos una represa dentro de su mundo personal, sus venas se inflamaron, sus manos se empu?aron solas como si lo hubieran decidido por ellas mismas sin pedirle permiso al cerebro. Tras unos segundos así, empu?adas, ellas mismas se relajaron, y luego sumisas, haciéndole caso al hemisferio izquierdo, empezaron a acicalar el informe verde, las insignias y las medallas.
Los rostros seguían apareciendo ante la ventana del taxi, como un espectáculo pornográfico. Había algo en ese desfile de primeras horas de la ma?ana, o en de la tarde, (El de regreso a casa) que siempre ha odiado. No podía ponerlo en palabras, no sabía cómo articular su odio hacia los desfiles, pero Ernesto sabía que los odiaba. Y sabía que debido a ese odio debía proteger los desfiles. Debía mantener a los ciudadanos en fila, para que fueran en paz a trabajar, para que regresaran en la noche a sus casas en paz a dormir, a comer, a ver televisión, y los pocos suertudos a tener sexo con sus parejas. Ese era su misión en la vida, defender el orden que secretamente odiaba, que detestaba desde lo más profundo de su ser, pues, le quitaba su humanidad, su libertad, y se interponía entre él y aquella joven. Una colmena, pensó. Eso es lo que somos una colmena, musitó entre dientes. Yo soy el soldado, que mantiene el orden para que una reina, a la cual nunca conoceré, pueda procrear en paz.
-?Es increíble lo que piensan hacer! – Protestó el taxista.
Ernesto asintió, aunque sus oídos no hayan descifrado en su totalidad todas las palabras emitidas por el se?or barbudo que maneja el taxi.
El hombre subió el volumen de su radio. ?Escuche! Le dijo a Ernesto mirándolo a través del retrovisor.
Una voz familiar para el joven uniformado se empezó a escuchar a través de los altoparlantes del peque?o taxi. Era el presidente de Turquesia.
-Todo lo que se está diciendo es mentira – Dijo a gritos el presidente – Esta ley nos hará la vida más fácil a todos... - Se escuchó un enjambre de preguntas casi indescifrables – Uno a la vez – Gritó una vez más el presidente a los periodistas.
-Esa ley es una injusticia – Dijo el taxista.
Ernesto no quería entrar en polémicas, especialmente después de lo que vivió en el bus con el grupo de jóvenes, así que contestó lo que le ense?aron en la academia de policía: "A veces las leyes son impopulares, pero es nuestro deber como ciudadanos obedecerlas".
-Cuando una ley es impopular, es obligación de un buen ciudadano, no obedecerla- Replicó el taxista.
Ernesto suspiro y levanto sus cejas. ?Por favor limítese a manejar! Le dijo al taxista.
Abyecto por la orden que recibió de Ernesto, el taxista solo atino a contestar: "Claro, usted como tiene su vida arreglada, no le importa la de los demás..."
-Mejor, déjeme aquí, ya estamos cerca de La Colmena, yo puedo caminar. Contestó algo iracundo Ernesto.
-Si es lo que usted desea – Respondió condescendiente el conductor. Acto seguido detuvo lentamente el taxi en una esquina.
Ernesto se apresuró a salir del auto cuando este se detuvo completamente, le tiro de forma grosera en el asiento del copiloto un billete de 100 al taxista, y le dijo: "Quédese con el vuelto, buen hombre".
-Gracias – Contestó el taxista – Cuídese mucho, porque hoy va a ser un día muy pero muy largo... el pueblo simplemente no va aceptar que privaticen el...
Ernesto cerró la puerta abruptamente sin escuchar la conclusión de la frase del conductor.
VII
Aquella cuadra en la que se bajó del taxi, la cual no solía caminar, estaba inusualmente llena. Las personas que estaban de pies allí, parecían extras, pero estaban esperando algo, o a alguien. Miraban con desconfianza a Ernesto. Algunos murmuraban a su paso, otros lo se?alaban, incluso algunos reían. Ernesto apretó el paso y entró raudo a La Colmena.
-?Qué está pasando? – Preguntó Ernesto al primer compa?ero que vio tan pronto entro en la estación.
-Usted siempre viviendo en su propio mundo, ?No? Sabino... - Le contestó Cabarcas.
-?Qué está pasando? ?Por qué hay tanta gente afuera? ?Dígame! – Preguntó con insistencia.
Su compa?ero lo halo del brazo y lo llevo a una esquina. ?Hoy va a pasar algo grande! Le dijo.
-?Qué va a pasar?
-El pueblo se va a revolucionar – Dijo Cabarcas con sus ojos abiertos al máximo – La gente no va a aceptar la nueva ley que quiere imponer el gobierno.
-Y, ?Usted como sabe todo eso?
-Lo escuche en mi barrio... - Exclamó casi a gritos. – La gente simplemente no va aceptarlo...