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Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas

Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas

Author: : Juan Alvarez Guerra
Genre: Literature
Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas by Juan Alvarez Guerra

Chapter 1 CAPíTULO I.

Adiós á Manila.-El Batea.-El puente de la Convalecencia.-El Pasig.-El recodo de las Beatas.-Santa Ana.-Paco.-Ruinas de San Nicolás.-Canteras de Guadalupe-El Santuario.-Herrera.-Malapadnabató.-Cueva de Do?a Jerónima.-Pueblo de Pasig.-Pateros.-Sarambaos.-Río de Antipolo.-Las orillas del Pasig.-Sus recuerdos.-Sus fiestas.-Anta?o y hoga?o.-M. Le-Gentil y otros autores.

Conocimientos del país.-Barra de Napindan.-El capitán del Batea.-Almuerzo en el vapor.-Bertita.-Locuacidad y mutismo.-Alhajeros ambulantes.-Laguna de Bay.-Unión de dos mares.-El pantalán de Santa Cruz.-Mi amigo Junquitu.-Madrugada del 1.° de Julio.-Carromatas.-Palos y atasques.-De Magdalena á Majayjay.-El río Olla.-Recuerdo á D. Gustavo Tóbler.-Una noche en Suiza.-Proyectos.

En la madrugada del 30 de Junio de 187..., dejé los incómodos asientos de un desvencijado sipan, tomando el que dicen camino-por más que no sea ni aun vereda,-que dirige al modesto embarcadero que en la margen del Pasig, y al pié del magnífico puente colgante, tienen los vaporcitos que hacen la carrera entre Manila y la provincia de la Laguna.

Instalado en la cámara de popa, mediante cuatro pesos, que fueron canjeados por un tarjetoncito amarillo y grasiento por el uso, principió la maniobra de largar. Silbó el vapor, desatracamos, y sorteando numerosas bancas zacateras, pusimos rumbo contra corriente, á la laguna de Bay.

Las palas del vaporcito, pesadamente batían las aguas del Pasig, evitando el timonel con una lenta marcha, el choque con alguna de las muchas peque?as embarcaciones que afluyen en aquellas horas á las cercanías del puente colgante, cargadas unas de cocos, verduras, le?a, piedras, ladrillos y tejas, y conduciendo otras gran número de alegres cigarreras que tienen su trabajo en la fábrica de Arroceros, y su domicilio en alguna de las poéticas casitas que bordan las orillas del río, y forman parte de los pueblos que hemos de ver desde las bandas del vapor.

A las pocas orzadas, dejamos por la proa los descarnados pilares de madera que serán en su día la sustentación del puente de la Convalecencia, así llamado,-se entiende cuando esté concluído [1] porque pondrá en comunicación las dos orillas del Pasig, siendo la principal base y en la que descansará aquel, la peque?a isla de Convalecencia, en la que vimos destacarse un amplio edificio, que nos dijeron ser el Hospicio.

Doblado el recodo que forma la islita, pudimos apreciar las esbeltas y elegantes construcciones de la calzada de San Miguel; construcciones, que de día en día, van perfeccionando, hasta el punto, que vimos una, constituyendo un verdadero palacio á la moderna. Dicho palacio es de hierro en su mayor parte; en sus jardines, cortados á la inglesa, se encuentran estatuas en gran profusión, y por las entreabiertas ventanas de los muros-cuyas líneas son una reminiscencia morisca-indiscretamente se asoma el sibaritismo oriental, por mas que trate de ocultarse entre cortinajes, importados de los ricos telares del viejo mundo.

Siguiendo la línea de construcciones, dejamos á la proa, Malaca?ang, residencia de nuestra primera Autoridad, y bien modesta por cierto, para la jerarquía del alto Jefe que la habita. á continuación de Malaca?ang-palabra tagala que quiere decir casa del pescador,-quedó el barrio de Nagtajan, desde el cual las orillas del río principian á tomar otro carácter. La piedra, el hierro y el ladrillo, son sustituidos por la ca?a, la nipa, y la palma brava, los cuidados jardines, por las revueltas y compactas agrupaciones de plátanos, bongas y ca?as; mezclándose las mansiones de recreo, con centros manufactureros, en los que predominan las alfarerías, las canteras y las cordelerías. En alguna de estas últimas, la alta chimenea indicaba, que bajo su negro tubo se aprisionaban las múltiples fuerzas del vapor.

Distraídos en la contemplación de la ribera que teníamos á babor, dejamos el poético pueblecito de Pandacan, doblamos el recodo de las Beatas-así llamado, por haber existido en aquel lugar, un piadoso establecimiento de monjas,-y no sin trabajos, en los que hubo que emplear el tiguin para evitar los cientos de salientes que forman las revueltas del Pasig, nos pusimos á la altura de la sólida iglesia del pueblo de Santa Ana, teniendo también dentro de nuestro horizonte visible, el remate del torreón de la de Paco.

Tras la bullente estela de El Batea, fueron quedando, el rústico embarcadero de Lamayan, la sólida iglesia de Mandaloyo-por cuya cima se destacaban los picachos de los montes de Mariquina-los pueblos de San Pedro Macati y Guadalupe, el vadeo de San Pedrillo,-que pone en comunicación el barrio de ese nombre con aquel pueblo,-y las ruinas de San Nicolás, con su histórica pe?a, en que dice la tradición se convirtió un caimán, á la invocación que hizo un chino en aquel sitio, á dicho Santo, estando próximo á ser devorado por el carnicero saurio.

El santuario de Guadalupe fué el primer templo de Filipinas en que se empleó el ladrillo y piedra para bóveda. Fué construido por un fraile agustino, pariente del inmortal Herrera, á quien se debe el Monasterio del Escorial. El que dirigió el alegre santuario, dió más tarde ancho campo á la valentía de sus concepciones, en las magníficas obras de San Agustín de Manila, cuyo templo forma una hoja de laurel con el ilustre apellido de Herrera.

El pueblo de San Pedro Macati, perteneció á los padres jesuítas; á la salida de estos, fueron comprados sus terrenos y hacienda por el marquesado de Villamediana.

Pasado el sitio donde se dice se operó el milagro, y al que van en romería, y con toda la devoción de que son susceptibles los chinos, se principian á ver en ambas orillas del río grandes depósitos de piedras toscamente labradas, procedentes de las canteras de Guadalupe, las que suministran y llenan en gran parte las necesidades de Manila y sus arrabales. Dichas piedras, aunque muy porosas, y por lo tanto de fácil desmoronamiento, son apreciadas, y su transporte se hace en grandes bancas, que son vaciadas al pié del puente colgante, ó á las márgenes de los muchos esteros que afluyen al Pasig.

Las precauciones tomadas por el capitán, colocando á toda la gente de á bordo con tiquines, á la banda de estribor, nos hicieron comprender las dificultades que para doblarla presentaba la acantilada roca de Malapadnabató,-palabra tagala, que quiere decir, piedra ancha.-Los bellísimos helechos que tapizan el estrecho paso que abre en la pe?a el camino qué dirige al pueblo de Pateros, es altamente bello, y el naturalista tiene en aquellas graníticas paredes preciosos ejemplares de gigantescos musgos. Casi frente á la pe?a de Malapadnabató se halla el vadeo de aquel nombre, en el que, una rústica garita, y uno menos rústico camarín, se?alan un puesto de carabineros, llamados á vigilar las importaciones que lleva á Manila el Pasig. En las cercanías de la garita, y visible perfectamente desde el vapor, se destaca la entrada de la cueva de Do?a Jerónima,, de cuya cueva-que dicen se comunica con la de San Mateo,-cuentan los indios terroríficas historias de aparecidos, duendes, y sobre todo de tulisanes. Se afirma que el nombre que lleva es debido á que en su cavidad hizo vida cenobítica una pecadora arrepentida llamada Do?a Jerónima; habiendo quien asegura, por el contrario, que aquella cavidad fué hecha para ba?o de una sibarita y opulenta se?ora.

á un tiro de bala de la cueva se levanta la iglesia del rico pueblo de Pasig. Aquí, el horizonte se ensancha y se aprecian distintamente las desigualdades de los escabrosos y agrestes montes de San Mateo.

Las orillas de esta parte del río están llenas de cascos y bancas. Los indios de Pasig son tenidos por los mejores bogadores de la provincia de Manila. Son, en efecto, muy fuertes, y manejan con destreza y vigor la ancha y corta pala que les sirve de remo, al par que de timón.

Hubiéramos querido visitar de noche el pueblo de Pasig para ver el uniforme que usan los serenos, de que nos habla Mr. Jagor, en sus Viajes por Filipinas.

No bien concluímos de oir el desagradable graznido de los miles de patos que rodean las cercanías del vadeo de Pasig, cuando el panorama varía por completo. Dilatados campos sembrados de palay, se muestran por doquier. Las riberas se despojan de las verdes y poéticas bóvedas, viéndose al carabao arador que pesadamente abre el surco en que ha de fructificar el arroz. En este dilatado trayecto va ensanchándose el cauce, contándose en él gran número de sarambaos, en cuya plataforma no solamente se alzan los cruzados brazos de ca?a que sostienen la red, sino que también un cobacho de nipa, en el que vive toda una familia, cuyos individuos, durante las horas de trabajo, tienen su puesto y su lugar de maniobra en aquel rústico aparato flotante, cuyo mecanismo se reduce á una red tejida de cabo negro pendiente en sus cuatro extremos de unas ca?as, que á su vez las sujeta un mástil, dispuesto de forma, que un contrapeso graduado sumerge y hace subir la bolsa que forma la red.

Tras consagrar un piadoso recuerdo á la milagrosa imagen de Antipolo, á la vista del río, cuyo cauce siguen la mayor parte de los miles de romeros que visitan el santuario, y después de una corta marcha, franca y desembarazada, entramos en la barra de Napindan, que abre la gran Laguna de Bay.

Las riberas del Pasig han sido objeto de rimas y trovas, y sus aguas cantadas por melancólicos amantes y por músicos más ó menos inspirados. El día de San Juan y los tres de carnestolendas constituían cuatro fiestas fluviales, en las que los remojones, las regatas y las enfrentadas en banca, figuraban en primer término. La libertad que reinaba en estas diversiones, la convierte en libertinaje M. Le-Gentil en las descripciones que de ellas hace en sus Viajes. Dicho francés, que dignamente precedió en exactitud en la manera de narrar costumbres á otros compatriotas suyos, vino á estas islas el a?o 1767, por orden de su rey á estudiar el paso de Venus por el disco del sol; y si observó el cielo, de la forma que lo hizo del suelo, no hay duda que el monarca francés quedaría completamente enterado de el paseito de Venus. Como M. Le-Gentil vino á observar los astros, nada tiene de extra?o que al escribir costumbres filipinas en Francia, se acordara de el tan sabido cantar ?de el mentir de las estrellas?.

En honor á la verdad, no nos debe tampoco extra?ar esto en extranjeros, cuanto que ahora bien recientito [2] se ha publicado en Madrid un libro titulado Recuerdos de Filipinas, y una Memoria en Barcelona, sobre colonización de estas islas, que dan gozo leer. Si los recuerdos del autor del primero tienen el valor que los de su libro, no me extra?aría se le olvidara hasta el saber escribir, lo que es difícil, pues literariamente hablando el libro es bueno. En cuanto al autor de la Memoria, solo diremos que muy formalmente afirma en el prólogo llevar estudiando diez a?os de colonización filipina, y en efecto ... , á las cuatro páginas dice, que los principales productos de exportación de este país, los constituyen entre otras cosas-en que por cierto no cita el abacá-los mongoz (?), las naranjas y los cortes de pantalón ... ?Bien! ?muy retebién, por los cortes de pantalón, los mongoz y los diez a?os de colonización!

á las once de la ma?ana, navegando en plena laguna, se sirvió el almuerzo, sentándose á la mesa el capitán, antiguo lobo marino de la carrera del Cabo, que le ahogaba el calor de la caldera, la estrechez del barco, lo limitado del horizonte, y más que todo, el agua dulce, que en tres palmos de fondo batían las palas de las ruedas. Se comprende el mal humor que habitualmente dominaba al capitán del Batea, acostumbrado á recorrer la grandiosidad de los inmensos desiertos del Océano.

La vida del agua dulce, la monotonía de una ribera siempre la misma, la precisión de las llegadas, las inofensivas y uniformes varadas, la etiqueta de la cámara, el tiquin, la falta de olas, de horizonte, de grandiosidad, de espacio y de luz, traían al bueno del capitán de un humor que había ratos en ni él mismo se podía sufrir. El hombre de mar metido entre las cuatro tablas de un vaporcito ribere?o, es como el milano de las regiones australes, que se le encerrara en un jaulón de gallinas.

-?Capitán! ?cómo se llama ese aparato de pesca?-le dije se?alándole una balsa que se veía en la orilla.

-No sé-me contestó con marcada aspereza.-No conozco-a?adió-más aparatos de pesca, que los arpones balleneros y los dobles aparejos para izar las tintoreras de los trópicos.

-Pescas que deben ser muy peligrosas, capitán.

-?Capitán! ?capitán!-repitió con acentuado desprecio.-?Capitán de qué? ?de este cajón con ruedas? ?Mil rayos y bombas! ?Capitán de río, sin rol, sextante, ni brújula, con cuatro rajas de le?a en la bodega, una derrota de diez horas, un buque en miniatura y un tiquín por timón! ?Vaya un capitán!

El sarcasmo y la rudeza de las palabras del antiguo marino, involuntariamente me hicieron recordar al célebre personaje de la Agonía, drama en que Larra dice por boca de un viejo contramaestre de los que acompa?aron á Colón, ?que las tormentas en tierra, son truenos que apenas se oyen y gotas de agua que ensucian?. El capitán del Batea era un retrato del viejo lobo de la Ni?a.

Ya que hemos principiado á bosquejar tipos, vamos á trazar cuatro brochazos-por más que sea á la ligera-en los bocetos de los personajes que ocupaban la mesa. A la derecha del capitán, que sudaba, no tinta, sino brea, embutido en un corbatín y una americana negra, se encontraba sentada una empleada que respondía al nombre de Bertita: ojos melados, negros, grandes, y velados de largas pesta?as; pelo fino, lustroso, abundante, negro como sus ojos; nariz peque?a y un tanto arremangada, símbolo de burla; labios finos; dientes, aunque de mortales huesos, y no de perlas, compactos, blancos é iguales; tez morena; seno alto y exuberante; manos redondas y peque?as, y sonrisa marcadamente picaresca, constituían el distinguido conjunto de Bertita, que vestía ligera y limpia bata de viaje, recogido sombrero de terciopelo con pluma, cuello y pu?os á la marinera, cinturón de piel de Rusia, y diminutas botitas color café.-?Les gusta á ustedes el tipo?-Sí.-Pues á mí también. El capitán, de cuando en cuando, la miraba de reojo, y hasta creo que el buen hombre se olvidaba de todos los horizontes de los trópicos, por el peque?o cielo que constituía la risue?a cara de Bertita, en la que no había mas nubes que un picaresco lunar puesto en el labio superior con más malicia que queso en ratonera. A la mitad del almuerzo, ya nos había contado quién era, adonde iba, porqué había venido, quién era su padre, su abuelo y hasta un primito á cuyo solo nombre, largó un bufido muy pronunciado un respetable y obeso se?or que estaba sentado á su lado, y que á grandes rodeos-pues en esto, era lo único en que enmudecía Bertita-supimos era su esposo. Este, como le llamaba aquella, tenía una cara de todo un buen hombre; el género paciente y la clase resignada, se definían perfectamente en aquel armazón de carne, en la que brillaban dos ojillos azules, unas narices abultadas y granugientas, y una calva cercada de algunos mechones blancos, compa?eros de un enmara?ado y desigual bigote. Toda la locuacidad de Bertita, era mutismo en el se?or D. Paco, quien se limitaba á aprobar con monosílabos los largos períodos que salían de la fresca y sonrosada boca de su esposa.

Ocupaba la izquierda del capitán, uno de esos misteriosos seres que de cuando en cuando aparecen por las provincias del Archipiélago, llamándose unas veces alhajeros y otras naturalistas, por más que en la generalidad de los casos, sean verdaderos caballeros de industria, que á la sombra de cuatro maletas llenas de abalorios y hoja de lata, enga?an la credulidad de los indios; sirviéndoles otras veces de pretexto, media docena de plantas parásitas, que ni entienden, estudian ni clasifican. Al lado de estos últimos, los hay-y yo me honro con la amistad de algunos-que recorren los bosques de este país con el afán de enriquecer la ciencia, sufriendo toda clase de privaciones, ante la satisfacción de aumentar sus herbarios. El tipo que nos ocupa, no puedo definir á qué clase pertenece. Habla poco y su acentuación se?ala al gascón, por más que dice es alemán; come bien, y sobre todo bebe mejor. Completaban los comensales, una pálida, mestiza china, más difícil de bosquejar que el anterior.

Al lado de la mestiza, observaba y comía el autor de estas líneas.

-?Jesús, que café, capitán!-dijo Bertita, haciendo un gracioso mohín de desagrado al saborear el negro líquido que humeaba en la taza:-nunca podré acostumbrarme á estos brebajes recordando el Moka que se tomaba en casa del Ministro, el primo de este. Pues no digo á ustedes nada, del que se servía en la embajada de Rusia, ni el que se daba en las soirées de la Baronesa: ?Jesús, Jesús, qué país! Veinte días hace que desembarcamos, y lo que es así pronto me vuelvo á mi Cádiz.

Ya pareció aquello, dije para mis adentros, andalucita tenemos.

-Pues no crea V. que esto es tan malo-la dije-cuando V. se instale, y lleve algún tiempo de país, le parecerá muy bueno.

él silbido del vapor cortó nuestra conversación, al par que nos anunciaba la llegada á Bi?an. El bretón se quedó en aquel pueblo.

Nuevamente en marcha, cada cual procuró colocarse lo mejor que pudo, tanto en la cámara como sobre cubierta.

El vapor navegaba por la extensa laguna de Bay, madre del Pasig. Las aguas de aquella en los fuertes Sures y Nordestes, toman gran movilidad, haciéndose un tanto peligrosa la navegación en peque?as embarcaciones. Varios naufragios registra la crónica de la laguna de Bay, y según algunos pesimistas, aquella es una constante amenaza para Manila. No conozco el desnivel que existe entre la laguna y Manila, si bien debe ser mucho, dada la situación que aquella ocupa y lo rápido de la corriente del Pasig.

La laguna de Bay-que no sabemos qué razón hay para no darle el nombre de lago, pues aun de estos habrá pocos en el mundo que midan las grandiosas proporciones de aquella-tiene un circuito que se hace subir por unos á 35 leguas y por otros á 30. Esta laguna tiene islas, penínsulas, cabos y ensenadas, y en sus orillas, se asientan ricos y bellísimos pueblos, contándose entre ellos, el de Santa Cruz, cabecera de la provincia. La península que forman los ricos terrenos de Jalajala, y los poéticos sitios que rodean á Los Ba?os-pueblecito así llamado por tener unas termas de reconocidas propiedades medicinales,-son lugares que encontramos en los itinerarios de la mayor parte de los turistas. Las playas de aquel peque?o mar-pues no otro nombre debe dársele-están salpicadas de bonitos pueblos, los cuales de día en día, ven con creciente temor que las aguas van invadiendo sus territorios, fenómeno fácil de explicar, si se tiene en cuenta la cantidad de agua y arenas que arrastran las treinta y tres vías que alimentan la laguna, con la desproporción de su desagüe, que se opera por una sola, que es la del Pasig. La aglomeración de arenas, va haciendo difícil la navegación por muchos sitios, y si en un plazo corto no se establecen servicios de dragas, la barra de Napindan opondrá un poderoso obstáculo á los más reducidos calados al par que las aguas irán absorbiendo territorio. La cordillera del Bay-bay limita uno de los horizontes de la laguna, la que podría unirse con el mar Pacífico, de abrirse un canal en aquella cordillera, única barrera que se interpone entre ambas aguas.

á las cuatro de la tarde, después de no pocas varadas, atracamos al pantalán de Santa. Cruz.

Hechos los ofrecimientos y despedidas de ordenanza, vino un fuerte abrazo, dado por mi querido amigo D. Manuel Junquitu, quien me esperaba en el desembarcadero.

El resto de la tarde lo pasamos en visitar el pueblo, el cual me pareció sucio y triste. Está dividido por un río, sobre el cual se levanta un magnífico puente, construido en estos últimos a?os. La cárcel, hecha en peque?o bajo el modelo de la de Bilibid, de Manila; la iglesia, convento, y Casa Real, [3] son los únicos edificios notables que tiene Santa Cruz.

Por la noche después de la cena, nos obsequió el bondadoso Alcalde D. Antonio del Rosario con una serenata que oímos desde los balcones de la Casa Real.

á las once, habiendo dejado todo dispuesto para seguir mi viaje, me acosté.

Muy de madrugada fuí despertado, tomando después del indispensable chocolate, los duros asientos de una carromata tirada por dos pencos. Palo aquí y atasques allá, llegamos al cabo de hora y media á Magdalena, en donde mudamos de caballos, continuando hasta Majayjay, pueblo muy nombrado y conocido por tener en su jurisdicción la célebre cascada del Botocan.

De Magdalena á Majayjay puede hacerse el camino en tiempo de secas en carruaje, empleando dos horas, siendo expuesta esta forma de locomoción cuando reinan las aguas, en cuya época, lo accidentado del terreno y los aguaceros torrenciales que manda el Banajao, ponen el camino intransitable. En dicho camino es notable un puente que se eleva sobre el río Olla, dedicado á Nuestra Se?ora de la Sacristía, según leímos en la piedra.

En Majayjay, fuí á parar á la casa del suizo D. Gustavo Tóbler, excelente naturalista, radicado y casado en el país. Jamás olvidaré las horas que pasé al lado de aquella inteligencia verdaderamente cosmopolita, y de aquella actividad incansable. Interpretaba al piano con envidiable maestría las más delicadas melodías de Beethoven, y fotografiaba con su cáustico lápiz, ó su correcta pluma, las costumbres filipinas. El tiempo que le dejaba libre el cuidado de un magnífico cafetal, lo repartía entre el amor de su esposa, el cari?o de sus hijos, el estudio, y el preparado y conservación de sus colecciones.

Amante, hasta el delirio, de su país, vivía feliz entre las agrestes fragosidades que rodean á Majayjay, las cuales le recordaban las pintorescas monta?as de Suiza. Efecto de su laboriosidad contrajo una afección al hígado, que le condujo al sepulcro siendo aún joven. Murió en Hong-kong, dejando algunos trabajos inéditos, que el autor de estas líneas le vió escribir en una temporada que vivieron juntos.

La tarde que llegué á Majayjay y en la que por primera vez hablé al Sr. Tóbler, se concertó que á la madrugada siguiente visitaríamos la cascada. El resto de tarde y noche hasta que nos acostamos, la ocupamos en recorrer y examinar el peque?o museo que constituía la casa del Sr. Tóbler, quien con su acostumbrada amabilidad explicaba objeto por objeto. Pájaros, mariposas, reptiles, herbarios y parásitas, había por doquier. Al lado de Linneo y Cuvier, se veía á Goethe y Cervántes, confundidos con espátulas y bisturís, lápices y pinceles, mezclándose en este conjunto los tarros de jabones arsenicales, con los tubos de colores. Lo artificial, juntamente con lo natural, las obras del hombre, con las obras de Dios.

En la época á que me refiero, concluía el Sr. Tóbler un precioso álbum de costumbres filipinas, que más tarde mandó litografiar á Alemania, formando un curiosísimo tomo, del cual conservo un ejemplar que me regaló.

Ya era bien entrada la noche, cuando dejamos la conversación, yendo en busca del lecho, en el que no tardé en quedarme dormido al arrullo de un riachuelo que corre cerca de la casa.

Chapter 2 CAPíTULO II.

Horizontes intertropicales.-Suelo y cielo de Filipinas.-Panoramas indescriptibles.-La cascada del Botocan.-La grandiosidad ante los ojos del alma.-Evocaciones y recuerdos.-Un ateo.-El camarín del Botocan.-Almuerzo al borde del abismo.-Chismografía al por menor.-Cuentos y anécdotas.-Las mujeres filipinas.-Tipos y registros.-Opiniones.-Amor desgraciado.-Leyenda y autógrafo.-Camino de Tayabas.-Llegada á Lucban.

Hay panoramas en este país imposibles de describir ni pintar. La más fácil pluma y el más valiente pincel vacilan en la cuartilla y en la paleta; ni en la primera se pueden coordinar ideas, ni en la segunda combinar colores que remotamente se aproximen á la realidad. Me decía un pintor en una ocasión que presenciábamos la puesta del sol:-Vea usted ese horizonte desconocido completamente fuera de las regiones intertropicales, y dígame si habrá quien pueda so?ar esa clase de tintas.-Aquel artista tenía muchísima razón. El pincel es impotente ante la insondable bóveda de los trópicos.

Si imposible es pintar el cielo de este país, tanto lo es el describir algunos panoramas de su suelo. Muchas y magistrales descripciones de la cascada del Botocan conozco; respetables firmas suscriben aquellas; eminencias en la república de las letras la han admirado; buenos poetas le han consagrado sus inspiraciones, y hasta extraviados amantes la han popularizado haciendo á sus hirvientes espumas, cómplices de amargos desenga?os; mas soy franco, ni la tradicional leyenda, ni el fugaz artículo, ni el profundo libro, ni el cuadro, ni la narración, ni nada de lo que hasta entonces había leído, visto ú oído referente á la cascada, se evocó á mi memoria cuando llegamos al borde del grandioso precipicio. La emoción y la sorpresa son instantáneas, pues la situación y configuración del terreno donde la masa de agua se precipita, tiene una depresión particular que no permite al viajero apreciar detalle alguno, sino todo el conjunto. Una sola visual descorre el grandioso cuadro, y el estupor invade la materia, concentrando la admiración en el espíritu.

El vértigo, la grandiosidad, lo insondable, lo indefinido; masas de agua que se coloran, que chocan, que ensordecen; abismo que atrae y que fascina; transparentes trombas que se cristalizan, se retuercen, y por último se esparcen en gigantescas cabelleras, cuyos hilos de plata al rozar en la roca se descomponen y se elevan en tenues vapores; millones de preciosos cambiantes con los que se ilumina la granítica cárcel, en la que el Sumo Hacedor guarda una de sus más bellas creaciones; sombras queridas que forja la fantasía envueltas en transparentes encajes de espuma; tiernas evocaciones de otras edades y otros tiempos; gratas reminiscencias de seres amados; consoladoras fantasmas surgidas de las compactas brumas; misteriosos ruidos que suplican, amenazan, suspiran ó maldicen, es lo que instantáneamente se agolpa y embarga nuestros sentidos al llegar al borde de aquel abismo, en cuyo negro fondo truena la grandeza del Dios del Sinaí, recordando á los mortales el terrible Dios ira de los inmutables y eternos fallos.

Todo lo grande despierta en el alma cuantos sublimes ensue?os se elaboran en los misterios de la admiración. El espectador se encarna con el cuadro que presencia, se paralizan sus sentidos y el éxtasis alienta las más tiernas creaciones. Un poeta ante la cascada del Botocan, resucita todos los colosos del sentimiento, y al murmurio de las ondas, recuerda sus inmortales producciones.

El artista aprecia con los ojos del alma las más sublimes imágenes y sue?a con la realización de su ideal, viendo surgir de las tornasoladas espumas los rayos de luz que iluminaron la mente de Murillo y Rafael; las columnas monolíticas, imperecederas memorias de edades prehistóricas; las atrevidas afiligranadas ojivas moriscas, síntesis de la mas grande de las epopeyas; las medrosas siluetas de las esfinges faraónicas con sus impenetrables jeroglíficos; los derruídos circos romanos, compendio de la salvaje barbarie, al par que del sibaritismo de los antiguos imperios; los truncados altares druídicos con los tiernos recuerdos de sus vestales, y lo horrible de sus sacrificios; los almenados cubos de las feudales torres, con sus severas damas, sus tiernos trovadores, sus rientes bufones, sus turbulentos caballeros; la estalactítica gruta, débil remedo del sumo poder; el triunfo, el genio, la gloria, las aspiraciones, la esperanza, el amor, las titánicas empresas; todo, todo cuanto embellece la vida desfila ante el letárgico estupor á que predispone la contemplación de todo lo grande..

* * * * *

El plano por el que se precipitan las aguas del Botocan, no tiene rampa, siendo perfectamente perpendicular.

Las paredes que forman el abismo, tienen casi la misma altura, y en cuanto á su circunferencia es muy limitada, tanto, que cuando las aguas son caudalosas, rompen en el muro paralelo al en que se precipitan, cubriéndose de vapores, tanto el total del fondo como la boca de la sima.

Hecha esta peque?a explicación, se comprende que no hay preparación alguna para el espectáculo; á cinco pasos del borde solo se ve un bello paisaje y un raquítico río, con un puente de bongas y ca?as; percibiendo el oído el ruido repercutido, que llega muy amortiguado al romper las ondas en las encadenadas rocas.

Muchas veces he admirado la cascada, y siempre su espectáculo me parece nuevo. Al borde de aquel precipicio, he pasado muchas horas de contemplación. Allí, por un poder misterioso y consolador, me creía más cerca de Dios, y de los seres que sintetizan y compendian mi fe, mis esperanzas y mis amores. No pocas veces el ruido atronador de las aguas se ha mezclado con una oración murmurada por mis labios y un profundo suspiro arrancado de mi alma, dirigiendo la primera al cielo, y el segundo al tranquilo y lejano hogar que guarda mi cuna. Una de las veces que visité el Botocan, fuí acompa?ado de un amigo que tiene sus ribetes de ateo. Observé cuidadosamente las impresiones que reflejaba su cara á la vista de aquel cuadro, cuando de pronto se volvió á mí, diciéndome con una verdadera emoción:-?Hay misteriosos templos, fabricados en la insondable noche de los tiempos, ante los cuales la rodilla se dobla, el espíritu se fortalece y el alma busca tras lo desconocido á quien los crea y alienta.?-La espontánea confesión de mi amigo, resume la mejor definición de la cascada del Botocan.

Como todo tiene su término, también lo tuvo en la ma?ana á que me refiero la admiración de que estábamos poseídos, esparciéndose unos por aquí, y otros por allá, buscando los más la sombra de un rústico camarín levantado en uno de los bordes más altos de la roca. Allí se sirvió el almuerzo, encontrándonos envueltos en los frescos efluvios, pudiendo jurar á mis lectores, que pocos recuerdo como aquel. El Burdeos y el Champagne concluyeron de disipar las últimas nubes de emoción, sustituyéndolas por risue?os horizontes de color de rosa.

á los postres acudieron las anécdotas, los sucedidos, los apropósitos, la chismografía de buen género y todo el vocabulario de gente joven y de buen humor. Con las superfluidades y dicharachos del momento vino el picaresco cuento con sus indispensables gallegos y andaluces, y tras la facundia de estos y el enga?o de aquellos, se recordaron escenas amorosas. De relato en relato, de idilio en idilio y de desenga?o en desenga?o, vinimos á parar á las mujeres del país, y cada cual opinó á su manera. Unos decían que la india ama, que la mestiza espa?ola es indiferente y la china fría y calculadora; otros, que las mujeres en todas partes son lo mismo, y por último, después de barajarse la conversación por todos los tonos, tipos y registros, dijo uno en son profético y concluyente:

-Nada, caballeros, hay que desenga?arse, en este país, ni las mujeres aman, ni los pájaros cantan, ni las flores huelen.

-?Eh!-murmuró uno con la misma viveza que si le hubiera picado una culebra.-?Qué blasfemia ha dicho usted! En esa especie de aforismo, solo se compendia una de las muchas vulgaridades que se repiten en este país, por quien no lo conoce.

-Que pruebe que las mujeres aman-dijo uno.-Que nos demuestre que los pájaros cantan-gritó otro.

-Pues que justifique que las flores huelen-balbuceó un tercero.

-Que sí, que sí, que lo pruebe, que lo pruebe, que lo pruebe,-gritamos todos.

-Corriente, se?ores, dijo con gran calma el interpelado.-Allá va, no una leyenda, sino un verídico suceso: testigo de él nuestro amigo Tóbler.

Hace unos cuantos a?os, bajamos el Sr. Tóbler y yo al fondo de ese abismo; y ?saben ustedes á qué? Pues á recoger los últimos restos de una pobre mujer que buscó en el suicidio el olvido á un amor desgraciado.

-No sería del país,-replicó uno.

-Del país, y muy del país; tanto que no cuento detalles, porque no lejos de aquí viven parientes muy allegados de aquella desgraciada joven.

-?Vaya unas pruebas!-a?adió un tercero.

-?No ha satisfecho? ?No? pues escuchen.

Tras estas palabras, tomó plaza, en boca de mi amigo, una poética leyenda que hacía referencia á los sitios que pisábamos, á la cascada, á un grandioso puente sin concluir que se encuentra no lejos de aquel lugar, y sobre todo á demostrar que en Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan y las flores huelen.

-La leyenda que concluyo de contar,-dijo mi buen amigo, una vez que terminó aquella,-no crean ustedes es de mi invención y prueba de ello que conservo el autógrafo de su autor, el cual me lo dejó como prenda de amistad.-Oídos que tal oyen,-dije en mi interior.-Puesto que existe autógrafo, y el tenedor de él es amigo, renuncio á repetir la leyenda, reservándome pedir el original y transcribirlo punto por punto.

El sol marchaba á su ocaso, y aprovechando los compactos nubarrones que nos preservaban de sus rayos, montamos á caballo, dirigiéndonos á Lucban, primer pueblo de la provincia de Tayabas.

á las seis de la tarde entramos en aquel pueblo por la calle de Majayjay, nombre que leímos en un tarjetón de madera clavado en la primera casa. á los pocos minutos parábamos ante la maciza y claveteada puerta del convento.

Chapter 3 CAPíTULO III.

Lucban.-Su origen.-Situación.-Mr.

Jagor y Sir John Bowring en camino.-Alturas inexploradas.-Arroyos y torrentes.-Amazonas tagalas.-Datos estadísticos.-Fechas imperecederas.-La iglesia, el convento y el tribunal.-Dos cuadros.-Un cocinero municipal y una mestiza tendera.-Aguas constantes.-Higrómetros y termómetros.-Frío.-Las frondas del gran Banajao.-Artes y oficios.-La ni?a, la hermana y la madre.-Tejedoras.-Petacas y sombreros.-Música fuerte y música débil.-Fray Samuel Mena.-El pretil del convento.-La campana de las ánimas.-Cofradías.-La guardia de honor de María.-El Calvario.-El novenario de las flores.-Las dalagas de Lucban.-La tagabayan, la tagalabi y la tagalinang.-El feudo y el terru?o.-La sangre celeste y la plebe.-La capitana Babae.-La melodía del Fausto.-Cumplimiento de una oferta.-El autógrafo.

Lucban-como ya dejo dicho-es el primer pueblo de la provincia de Tayabas, viniendo de la Laguna. Se encuentra en una bellísima situación, á la falda del Banajao, coloso que domina un extenso horizonte. Lucban es un pueblo de gran antigüedad, y su nombre, que en tagalo significa naranja, se debe, sin duda, á que en su jurisdicción se criaron gran número de dichos frutales. Confina con Tayabas, Majayjay y Mauban, de los cuales el pueblo de Mauban es el más lejano, que dista unas cinco horas de camino, sumamente montuoso y accidentado.

Los alrededores de Lucban presentan panoramas de los más bellos y agrestes que puede so?ar la fantasía. El camino que dirige á Majayjay es indescriptible, y esto no somos nosotros solo quien lo decimos, sino que así lo asegura Mr. Jagor en sus Viajes por Filipinas, en los que, hablando del trayecto de Majayjay á Lucban, dice: ?El camino va siguiendo hondos barrancos de bloques basálticos por la falda del Banajao. La vegetación ofrece una magnificencia indescriptible. A las tres horas de marcha se llega á Lucban, rico pueblo situado al NE. de Majayjay. La agricultura, á causa de lo accidentado del terreno, no es de gran consideración, pero hay bastante industria. Los habitantes tejen sombreros y petacas con tiras de hojas de una palma llamada burí. El agua corre en abundancia por los lados de la calle, abiertos como canales; todas están empedradas con una especie de macadán.?

Sir John Bowring, al ocuparse del mismo camino y de Lucban, dice: ?El Alcalde de Tayabas vino á Majayjay para invitarnos á que pasáramos á su provincia, en donde, según nos dijo, el pueblo nos esperaba con afán, y se habían hecho varios preparativos para nuestra recepción, y quedaría muy descontento si no visitábamos Lucban. No perdimos la amable invitación, y nos metimos en los palanquines que para ello prepararon, y en verdad fuimos bien recompensados. Los caminos son torrentes muy á menudo impracticables, por las muchas rocas que arrastran las aguas; algunas veces nos vimos obligados á dejar el camino para coger otro paso peor. En algunos lugares, el barro era tan profundo, que nuestros sostenedores se metían hasta las rodillas, y solo la larga práctica y la asistencia de sus compa?eros pudieron sacarles del mal paso. Pero toda dificultad se vencía con aclamaciones, con espíritu alegre y festivo, risa estrepitosa, y por una espontánea y fraternal cooperación. A nuestro alrededor todo era soledad, silencio interrumpido solo por el zumbido de la abeja y el canto de los pájaros; profundos barrancos cubiertos de árboles que nunca hacha alguna ha tocado; alturas todavía de más difícil exploración, coronadas de árboles; arroyos y torrentes que forman precipicios y caídas de agua, dirigiéndose hacia el gran receptáculo del Océano.

?Por fin llegamos á una planicie, en la cima de una monta?a, en donde dos grandes literas adornadas aguardaban, y fuimos saludados por una multitud de lindas jóvenes, montadas en caballitos que manejaban con admirable agilidad. Se hallaban vestidas con los más pintorescos trajes. El Alcalde las llamaba sus amazonas, y una hermosa intérprete nos informó, en buen castellano, que habían venido á escoltarnos hasta Lucban, que se hallaba próximamente á una legua de distancia. La presencia de ellas era tan inesperada, como agradable y sorprendente. Noté que las tagalas montaban indistintamente, á uno ú otro lado del caballo. Eran excelentes jinetes, y galopaban y caracoleaban á uno y otro lado, chasqueando sus bonitos látigos. Una banda de música nos precedía, y las casas indias que pasábamos presentaban sus acostumbradas demostraciones de bienvenida. Los caminos tenían mayor número de adornos y arcos de bambúes en ambos lados. Los morteros haciendo fuego anunciaban nuestra llegada. Las amazonas usaban unos sombreros adornados con cintas y flores; todas llevaban pa?uelos de pi?a en sus hombros, é iban vestidas con telas de fuertes colores, fabricadas en el país que aumentaban el efecto del cuadro. Tan pronto estaban delante como detrás, siendo perfectamente naturales todos los movimientos. El convento, como siempre, fué nuestro destino.?

Hemos hecho mención de los anteriores párrafos por dos razones: la primera, porque hay gran exactitud en ellos, y la segunda, porque es de lo poquito que hay escrito respecto de la provincia de Tayabas.

Tiene Lucban [4] 12.247 almas, de las que tributan 6.456, correspondiendo á 66 cabecerías. Dista de Tayabas, la cabecera, algo más de 12 kilómetros, siendo paso de la línea telegráfica que hoy concluye en Tayabas, pero que seguirá en breve hasta Albay.

De los datos que he podido adquirir resulta, que durante el a?o 1875 hubo 419 bautizos, 102 casamientos y 471 defunciones; fueron sorteados para el servicio de las armas 667 mozos, de los cuales se sacaron 12 soldados. Se vacunaron 386 ni?os y asistieron á las escuelas durante el a?o 2.002 de ambos sexos. Su jurisdicción comprende 152 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos ó matandáng sa-nayos. La fuerza de cuadrilleros la forman 74 hombres, y por último, como dato estadístico consignaremos que en el juzgado se sustanciaron 18 causas de otros tantos delitos cometidos dentro de la demarcación de dicho pueblo. Tiene destacamento de guardia civil, á cargo de un oficial de ejército; fuerza de carabineros y Administración de Hacienda. El ministerio parroquial está á cargo de la orden de San Francisco.

Lucban ha pasado en estos últimos a?os por un sin número de vicisitudes. La noche del 18 de Agosto de 1860 y la madrugada del 25 de Octubre de 1873, son dos fechas imperecederas que recordará Lucban mientras exista. En la primera fué reducido casi por completo á cenizas y en la segunda el vórtice de un tifón derrumbó la mayoría de sus edificios. Entre los que quedaron en pié-si bien con grandes deterioros-son dignos de citarse la iglesia, el convento y el tribunal. Aquel es de sólida fábrica, estando sus muros reforzados con grandes machones de piedra y ladrillo. La iglesia, lo mismo que el pueblo, está bajo la advocación de San Luís obispo, cuya fiesta se celebra con gran solemnidad el 19 de Agosto. El templo es muy espacioso; lo forma una extensa nave, un proporcionado crucero y un amplio y hermoso presbiterio. En dicho templo hay un cuadro muy digno de llamar la atención, no por su mérito artístico, que es completamente nulo, sino por la fuerza terrorífica de inventiva de su autor. El asunto está muy traído y manoseado en el arte pictórico indígena, y sin embargo de esto-y en ello está precisamente el mérito-el artista ha sabido dar alguna novedad al cuadro, que es, ni más ni menos, el infierno ?pero qué infierno! Todos los dibujos, pinturas y grabados que hemos visto-que en verdad no son pocos-representando la muerte del pecador, asunto muy rebuscado por los indios, se quedan muy chiquitos al lado del que hemos convenido en llamar cuadro, más bien por el marco que tiene que por el fondo, fondo que lo constituye unas cuantas libras de almazarrón, delineando la más completa colección de pinchos, ruedas y garfios que hasta entonces habíamos visto. Sentimos no poder revelar el nombre del autor de aquella tienda de pimentón, pues no lo sabemos. Entre los méritos que tiene, es el ser anónimo.

En cambio del anterior, recomiendo á los aficionados á la pintura que pasen por Lucban, una Purísima que el Padre Mena tiene en el salón del convento, sacada de entre el polvo y las telara?as que ha muchos a?os ocultaban su mérito en la húmeda meseta de la escalera.

Según las crónicas de la orden de San Francisco, la iglesia y convento que hoy existen fueron concluidos el a?o 1738. El primer templo que se levantó en Lucban, según las expresadas crónicas, fué en el a?o 1595 por Fr. Miguel de Talavera.

Dicho templo fué arruinado en 1629, construyéndose otro más sólido, que á su vez fué presa de las llamas, consumiéndose hasta el punto que no pudo salvar el párroco más que el copón y una Purísima. ?Sería esta imagen la misma que hoy se admira en el salón del convento? Pregunta es esta á que no han podido dar contestación las muchas horas que he dedicado á buscar la historia del cuadro.

El templo, como el convento, reclamaban en la fecha en que escribo estas líneas, una pronta reparación en el maderamen, tanto que ambos edificios estaban hechos una completa gotera.

á más de las anteriores construcciones, es digno de citarse el tribunal, que puede competir con los mejores de su clase, y en el que el transeunte encuentra todo género de auxilios, que proporciona un mayordomo mediante los precios de tarifa que están expuestos al público. El viajero que llega á Lucban no debe preocuparse por nada teniendo dinero, pues en el tribunal halla buenas y limpias camas, magnífico servicio de mesa, elegante vajilla, fina cristalería y un cocinero municipal bastante aceptable, que cuenta no solo con los recursos de sus conocimientos culinarios, si que también con los abundantes y escogidos surtidos de Europa que guardan los escaparates de dos establecimientos. Uno de estos pertenece á una simpática é inteligente mestiza, cuya afabilidad lleva á su tienda gran número de consumidores.

La escuela es muy espaciosa, siendo de piedra su construcción. El resto de los edificios de Lucban no presentan nada de particular, viéndose algunas casas con teja y zinc, si bien la generalidad son de tabla con cubiertas de cabo negro. Por todas partes se conservan las huellas del terrible tifón del 25 de Octubre.

La proximidad á los altos picachos del Banajao y los vecinos bosques, hacen que raro sea el día que no llueva. En cuanto á su humedad, es tan constante, que estoy seguro pocos sitios habitados habrá en el mundo que acusen en los higrómetros una intensidad mayor; á pesar de esto, Lucban no es malsano, teniendo la precaución de resguardarse de el relente de la tarde, y sobre todo, dormir entre lana, con el vientre fajado, cosa que en nada atormenta, pues aun prescindiendo de la ciencia higiénica, las necesidades de la materia hacen que los que duermen en aquel pueblo busquen la manta, y no diré las mantas porque no se me tache de exagerado, por más que las he usado en los meses de Diciembre y Enero, en los que tenía mi cama con todo el servicio de las de Europa. Tuve ocasión de observar los termómetros, se?alando 12° centígrados en algunas madrugadas. En Manila la temperatura fluctúa en todo el a?o, entre los 22° á 33°. Estas cifras se?alan una grandísima desproporción, tanto más de notar, cuanto que de un punto á otro solo hay unas 22 leguas. Semejante desnivel de temperatura en tan corto espacio, solo se explica por la grandísima altura que tiene Lucban con relación á Manila y por las continuas lluvias que mantienen una latente humedad en la atmósfera, refrescada por los Nortes y purificada por las azoadas emanaciones que recogen aquellos al recorrer las elevadas y espesas frondas del Banajao. Sin embargo de tales condiciones climatológicas, altamente beneficiosas para el cultivo del campo, en dicho pueblo se dedican poco á la agricultura, verdad es, que su jurisdicción es escasa, y á más de escasa, difícil de ponerla en situación de beneficio por lo quebrado del terreno y los árboles y malezas que lo pueblan. No es agricultor, pero en cambio es artista como pueblo alguno de Filipinas. En esta ocasión, como en otras muchas de este libro, advierto á mis lectores escribo muy en serio, llevando por norma la pura verdad. Hago esta salvedad, por juzgarla muy oportuna antes de decir lo que conservo en mi memoria y en las notas de mi cartera. Lucban tiene 12.247 habitantes, que son otros tantos artistas. El oro, la plata, el acero y el hierro los manejan á la perfección. La fragua, el yunque, la lima y el cincel producen preciosas obras de joyería, útiles maquinarias, variados artefactos y primorosos objetos de colección y adorno. Incrustaciones en el hierro y el acero he visto, que francamente, hasta mis ojos dudaban que tales hombres, y sobre todo con las herramientas que empleaban, pudieran hacerlas. Los cuchillos cortos de hoja ancha, que el natural llama bolos, no tienen rival con los que se fabrican en Lucban. [5]

Con la varilla de un paraguas viejo, hacen un buril, y con este y un mal cortaplumas, tallan todo lo tallable, luciendo principalmente su habilidad en el cuerno del carabao cimarrón, haciendo objetos primorosos. Pu?os de armas, de bastones, de cuchillos; cajas, salacots, cucharas, tapas de libros, peque?as estatuas, estuches, petacas y otros cientos de objetos, hacen del cuerno del carabao, que ha de ser cimarrón y no doméstico, porque la fibra del primero es más compacta que la del segundo; circunstancia fácil de explicar al tener en cuenta el constante uso que hace el carabao montaraz de sus cuernos y el poco que hace el doméstico.

A más de los anteriores trabajos, son dignas de citar, y muy en primer término, las obras femeniles. En Lucban, las ni?as no juegan, pues todas trabajan: la ni?a limpia, estira y prepara las fibras del burí, el cabo-negro y el buntan, con las que la hermana arma, y la madre teje finísimos sombreros, petacas, salacots, guardavasos, petates, tampipis, y hasta unos pantalones, si le dan horma, tiempo y dinero, y digo esto, porque ya se ha hecho un chaleco, tejido con la fibra del burí.

Las petacas y sombreros de Lucban constituyen una industria bien conocida en Manila, y aun en Espa?a y en el extranjero. En los mismos momentos en que escribo estas líneas, tiene hecha la casa de Guichard y Compa?ía con un amigo mío, una gran contrata de sombreros para la exportación. A la Exposición de Filadelfia se mandaron varias clases de tejidos de fibras de diversas palmas, que de seguro llamarían la atención. La mujer que no teje, borda en oro, ó hace trabajos de abalorios, sedas, ó escamas de pescado. De estas últimas, adornadas de oro, regaló el pueblo de Lucban al general Alaminos en su visita del a?o de 1874, una preciosísima corona. Si queréis un retrato al pasar por Lucban, no tengáis cuidado, que lo tendréis; hay allí indios que, con solo veros una vez, os trasladarán al lienzo. Con una mala fotografía de D. Alfonso XII se ha hecho el retrato de cuerpo entero que ostenta el tribunal de Mauban.

En cuanto á la música, nada tengo que decir á mis lectores, pues en muchas provincias, incluso en Manila, conocen la de Lucban, la cual tendrá muy pocas en todo Filipinas que puedan rivalizar con ella, A más de la música fuerte, había,-pues hoy ya no existe-una orquesta del sexo débil, que concluyó por casarse la mayor parte de las artistas. En conclusión, para que todos sean artistas en Lucban diré á ustedes que mi querido amigo Fr. Samuel Mena, su cura párroco, es entre otras cosas buenas, un excelente músico, y vean mis lectores cómo rodando rodando, hemos vuelto adonde partimos. Llegamos al convento, y ahora tropezamos con el párroco, quien nos brindó con una franca y cordial hospitalidad, que aceptamos gustosos, alojándonos en una espaciosa habitación con vistas al Banajao.

El convento, enclavado en uno de los extremos del pueblo, presenta en su maciza y negruzca fábrica, un aspecto triste y sombrío. La piedra tapizada de musgo y cubierta con la viscosidad que forma el continuo azotar de las aguas, le dan un todo imponente y majestuoso, que hace recordar los viejos sillares de los antiguos castillos descritos en legendarios romances.

El que cruza de noche el amplio pretil que se extiende frente á la puerta del convento, insensiblemente acelera el paso. La masa negra que forma el frontispicio de la iglesia, destacándose bajo un cielo siempre cubierto de nubes; la opaca lamparilla que perezosamente chisporrotea en el hueco del muro, alumbrando, ó mejor dicho, queriendo alumbrar, la imagen de San Luís, patrón del pueblo, y más que todo el monótono y pertinaz llover, forman un cuadro altamente medroso. La campana que á las ocho nos recuerda á los que fueron, tiene un eco tristísimo, efecto sin duda de alguna rotura en el bronce.

Todo el silencio que rodea al templo durante las horas de las sombras, se convierte en alegre bullicio tan luego aquellas desaparecen. Pocos pueblos del mundo habrá que tengan tantas cofradías, hermandades y archicofradías religiosas, así que la iglesia es constantemente visitada por gran número de fieles de ambos sexos, que preparan y disponen las fiestas que unas á otras se suceden durante todo el a?o, siendo entre todas de notar, la que celebran las dalagas en el mes de Mayo. Las combinaciones de flores con que adornan el altar, la precisión de detalles, la potente facultad inventiva para sustituir y apropiar cuanto hace falta, es admirable. Del tronco del plátano construyen ingeniosas armaduras para gigantescos candelabros, que primorosamente revisten de follaje, haciendo con las hojas de la sampaguita, el ilang-ilang, la sampaca y las doradas campanillas, artísticas combinaciones. La fiesta de las flores corre á cargo de la cofradía titulada La guarda de honor de María, formada por el sexo femenino, sin exclusión de estados ni edades. Como distintivo, llevan las cofrades una medalla de plata pendiente de una cinta azul. La guarda de María está perfectamente organizada, constituyendo la base de la asociación, la adoración perpetua á la Virgen, para lo que la hermana mayor distribuye las horas del día y de la noche de tal forma y con tal precisión, que constantemente hay tres hermanas en oración. Los rezos se verifican en las casas, á cuyo efecto con la debida anticipación se se?ala el día y hora en que cada hermana debe hacerlos. Como esta asociación no obedece á presión alguna, y si solo á un acto puramente espontáneo, excuso decir á mis lectores que todas las hermanas sin excepción de clases, cumplen al pie de la letra su misión.

La guarda de María, durante algunos días de la cuaresma y Semana Santa, acude en romería á una pintoresca monta?a llamada el Calvario, en la que se alza una tosca cruz de madera. La ofrenda á María que hacen las dalaguitas al terminarse el último novenario del mes de Mayo, es digna de verse por todos conceptos. En aquel día se recarga el templo de flores y follaje, suspendiéndose de la bóveda un colosal rosario de verdura, el cual baja desde el centro de la nave formando pabellones y rematando en el comedio del presbiterio, con una gran cruz de flores. Termina la fiesta por ofrecer y depositar las dalagas á los pies de la Virgen las blancas coronas con que van engalanadas. He visto más de una dalaga en ese día, vestida de una forma irreprochable, y en cuyo conjunto nada tendría que recusar la más puritana de las modistas. El traje que se usa para la ofrenda es el de la desposada, viéndose en ellas desde la primorosa botita de raso blanco llevada del Bazar Oriental, á el más transparente encaje de casa de Los Catalanes.

Las dalagas de Lucban imprimen un sello especial y sui generis á todas sus fiestas, bien sean de carácter religioso, bien puramente mundano. La lucbanense no prescinde por nada ni por nadie del rango social que ocupa, pues es de advertir que en dicho pueblo las mujeres están divididas en tres clases: La primera, ó sea la taga-bayan, la constituye la sangre azul, ó como si dijéramos la aristocracia. A las taga-bayan las veréis siempre en carácter. Sus distintivos son: hablar más ó menos el espa?ol, calzar botitos en las grandes solemnidades; medias, con bordadas chinelas en las medias fiestas, y pié desnudo resguardado por pintado zueco, en lo ordinario; viste estrecho tapiz, con la abertura atrás, permitiéndose algunas veces, saya suelta, la que invariablemente es de seda, completando su atavío, ternos más ó menos costosos y pi?as más ó menos bordadas. En la iglesia se arrodilla siempre próxima al presbiterio, y jamás se ha visto á una taga-bayan sin su correspondiente devocionario y su rosario de coral, plata ó nácar. Casi todas han estado en colegio, saben leer, escribir y bordar, un poquito de música, y hasta algunas se permiten rimar un cundiman, dedicado á alguna amiga, el día de su santo.

El distintivo culminante en la taga-bayan, es el orgullo con que llevan y mantienen su jerarquía. Una intrusión de una dalaga de segunda, ó tercera clase, en las fronteras de la sangre celeste, produciría una verdadera revolución femenina.

La segunda jerarquía, la constituye la taga-tabi, la que generalmente vive por las orillas del pueblo, y se diferencian poco de la primera clase en cuanto á usos y costumbres. Asiste á las fiestas de aquellas, si bien sin confundirse con ellas, no habla espa?ol, no calza botitos por más tieso que repiquen, y no conoce el colegio, más que por las relaciones que oye de la taga-bayan cuando la permite que se acerque hasta ella. El constante anhelo, el desideratum de los sue?os de una taga-tabi, es poder llegar al rango de las taga-bayan, á cuyo deseo, suele sacrificar no pocas veces su felicidad, uniendo su suerte á la de algún viejo capitán pasado, ó cabeza reformado, cuyas jerarquías dan á sus mujeres un lugar en el suspirado taga-bayan.

La verdadera diferencia donde existe, es con la tercera clase llamada taga-linang, ó sea la plebe, mujeres todas de sementera que miran á una taga-bayan con la misma admiración con que contempla un hijo del Corán el último rayo del sol poniente.

La taga-bayan tiene el orgullo de la antigua se?ora feudal, que desde la alta almena despreciaba á la pobre villana que labraba la tierra al pié de los fosos del castillo. La primera noche que estuve en Lucban, fuí presentado en la casa de la capitana babae, ó sea la Reina de las taga-bayan, guapa mestiza china, de labios muy finos, mirada penetrante, conversación amena y sentimientos fríos y calculadores. La encontramos rodeada de unas cuantas amigas, y habiéndome llamado la atención la solicitud con que era servida, no pude menos de observarlo á uno de los que me acompa?aban, quien me explicó las diferencias sociales que dejo hecha mención, y que más tarde tuve ocasión de comprobar.

-?Le gusta á V.?-me dijo mi excelente amigo Pardo Pimentel, comerciante radicado hacía a?os en Lucban, viendo la profunda atención con que escuchaba una melodía del Fausto, tocada al piano por la mestiza.

-No sé qué decir á V.,-contesté-la estatua es correcta; pero el espíritu que la anima me parece frío cual el mármol.

-Frío, no; dotado de una potente fuerza de disimulo, sí. Esa mujer hace de su cara lo que quiere, su cabeza manda al corazón, y muy de tarde en tarde pasa por su negra pupila un vivido relámpago, que momentáneamente descubre el insondable abismo de su alma. Jamás esa mujer retrocederá en un propósito, morirá si es preciso en la lucha, pero créame V., morirá sin ocurrírsele volver la cabeza atrás.

-Y nosotros, amigo Pardo, volvemos con esto al tema de la cascada.

-Y bien, ?ha quedado V. convencido de la verdad que encierra aquel tema, ó es de los que creen que las filipinas no aman?

-Creo como V., y en prueba de ello, le ruego que me entregue el autógrafo de la leyenda que nos contó en la cascada. Sacaré una copia, y le prometo que en el primer libro que escriba la publicaré, haciéndome solidario de las ideas que encierra.

Los últimos acordes del Fausto, fueron arrancados al piano, á la sazón que el toque de las ánimas nos recordó que el Padre cenaba á esa hora, y por lo tanto nos dirigimos al convento.

La promesa de mi amigo Pardo, no se dejó esperar. Al irme á acostar, me encontré sobre la mesita de noche el original de la leyenda, cuya copia literal es objeto del siguiente capítulo.

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