Abriose la puerta y entró en la sala un joven flaco, que saludó a los circunstantes inclinando la cabeza. Las dos se?oras, sentadas en el diván de damasco amarillo, y el caballero de luenga barba, situado al pie del balcón, le examinaron un momento sin curiosidad, contestando con otra levísima cabezada. El joven fue a sentarse cerca del velador que había en el centro, y se puso a mirar las estampas de un libro lujosamente encuadernado.
Reinaba silencio completo en la estancia esclarecida a medias solamente. La luz del sol penetraba bastante amortiguada al través de las persianas y cortinas. Detrás de la puerta del gabinete vecino percibíase un rumor semejante al cuchicheo de los confesonarios.
El caballero de la barba se obstinaba en mirar a la calle por las rendijas de la persiana, dándose golpecitos de impaciencia en el muslo con el sombrero de copa. Las se?oras, sin despegar los labios y con semblante de duelo, paseaban la mirada repetidas veces por todos los rincones de la sala, cual si tratasen de inventariar la multitud de objetos dorados que la adornaban con lujo de relumbrón.
Al cabo de buen rato de espera, se entreabrió la puerta del gabinete y escucháronse las frases de cortesía de dos personas que se despiden. La se?ora que se marchaba cruzó la sala con una hermosa ni?a de la mano y se fue dando las buenas tardes. El doctor Ibarra asomó la cabeza calva y venerable, diciendo en tono imperativo:
-El primero de ustedes, se?ores.
Adelantose con prontitud el caballero impaciente. Y volvió a reinar el mismo silencio.
El joven flaco siguió hojeando el libro de estampas, que era un tratado de indumentaria, sin hacerse cargo del minucioso examen a que le estaban sometiendo las dos se?oras del diván. Era casi imberbe, dado que el tenue bozo que sombreaba su labio superior no merecía en conciencia el nombre de bigote. A pesar de esto, se comprendía que no era ya adolescente. Los lineamientos de su rostro estaban definitivamente trazados y ofrecían un conjunto agradable, donde se leían claramente los signos de prolongado padecer. Alrededor de los ojos negros y brillantes advertíase un círculo morado que les comunicaba gran tristeza; en los pómulos, bastante acentuados, tenía dos rosetas de mal agüero, para el que haya visto desaparecer deudos y amigos en la flor de la vida.
En tanto que el barbado caballero se estuvo dentro con el doctor, nuestro joven continuó repasando los preciosos cromos del libro con sus dedos tan finos, tan delicados, que parecían hacecillos de huesos prontos a quebrarse. ?Pero con tales manos puede un hombre trabajar? ?Se puede defender? Eran las preguntas que a cualquiera le ocurrirían mirándolas. Las se?oras del diván contempláronlas con lástima y se hicieron una leve se?al con los ojos, que quería decir: ?pobre joven! Después se hicieron otra se?al, que significaba: ?qué pantalones tan bonitos lleva, y qué bien calzado está! Indudablemente aquel muchacho les fue simpático. La vieja se irritó en su interior contra las mujeres infames, como hay muchas en Madrid, que se apoderan de los chicos y les beben la sangre, al igual de las antiguas brujas. La joven pensó vagamente en salvarle la vida a fuerza de amor y cuidados.
-El primero de ustedes, se?ores-dijo nuevamente el doctor Ibarra, despidiendo al caballero, que salió grave y erguido como un senador romano.
Las dos se?oras avanzaron lentamente hacia el gabinete. Antes de encerrarse, la ni?a dirigió una mirada de inteligencia al joven flaco, tratando sin duda de decirle: ?No soy yo la que vengo a consultar; es mi madre. Gracias a Dios, yo estoy buena y sana para lo que usted guste mandar.? Los labios del joven se plegaron con sonrisa imperceptible y siguió examinando el pintoresco manto de un caballero de la Orden de Alcántara que le había dado golpe, al parecer. No obstante, de vez en cuando volvía los ojos con zozobra hacia la puerta del gabinete. Trataba inútilmente de reprimir la impaciencia. Aquellas se?oras tardaban mucho más de lo que había contado. Dejó el libro, se levantó, y como no había nadie en la sala, se puso a dar vivos paseos sin perder de vista el pestillo, cuyo movimiento esperaba. Al cabo de media hora sonó por fin la malhadada cerradura; pero aún en la puerta se estuvieron las se?oras largo rato despidiéndose. Cuando terminaron, la ni?a le miró: ?No tengo la culpa de que usted haya esperado tanto: ha sido mamá ?que es tan pesada!? El joven contestó con otra mirada indiferente y fría y entró en el gabinete. La ni?a salió de la sala con un nuevo desenga?o en el corazón.
Era el célebre doctor Ibarra un anciano fresco y sonrosado, peque?ito, con ojos vivos y escrutadores, todo vestido de negro. El gabinete donde daba sus consultas distaba mucho de estar decorado con el lujo cursi y empalagoso de la sala. Se adivinaba que el doctor, al amueblarla, siguió el modelo de todas las salas de espera, al paso que en el gabinete había intervenido más directamente con sus gustos y carácter un tanto estrafalarios, resultando una decoración severa y modesta, no exenta de originalidad. La mesa en el centro, las paredes cubiertas de libros, y el suelo también, dejando sólo algunos senderos para llegar al sofá y a la mesa. Por uno de ellos condujo el doctor, de la mano, a nuestro joven, hasta sentarlo cómodamente, quedándose él en pie y con las manos en los bolsillos. Después de permanecer inmóvil algunos instantes examinando con atención el rostro desencajado de su cliente, dijo poniéndole una mano en el hombro:
-?Es la primera vez que viene usted a esta consulta?
-Sí, se?or.
-Bien; diga usted.
El joven bajó la vista ante la mirada penetrante del médico, y profirió con palabra rápida, donde bajo aparente frialdad se traslucía la emoción:
-Vengo a saber la verdad definitiva sobre mi estado. Estoy enfermo del pecho. El médico que me ha reconocido dice que me encuentro en segundo grado de tisis pulmonar, y por si la ciencia tiene aún algún remedio para mi mal, me dirijo a usted, que está reputado como el primer médico que hoy tenemos.
-Muchas gracias, querido-contestó el doctor, dirigiéndole una larga mirada de compasión.-Le reconoceré a usted y le diré mi opinión con franqueza, pues que así lo desea... Pero antes de que procedamos al reconocimiento, necesito saber los antecedentes de su enfermedad... Vamos a ver... ?Cuánto tiempo hace que está usted enfermo?
-En realidad, puedo decir que lo he estado siempre. Apenas recuerdo haber gozado un día de completa salud. Siempre he tenido una naturaleza muy enclenque, y he padecido casi constantemente... unas veces de uno y otras veces de otro... generalmente del estómago.
-?Malas digestiones?
-Sí, se?or; siempre han sido muy difíciles.
-?Con dolores?
-No los he tenido hasta hace poco. Durante la ni?ez he padecido mucho. A los catorce o quince a?os empecé a sentirme mejor, a comer con más apetito y me puse hasta gordo, dado, por supuesto, mi temperamento; pero al llegar a los veinte, no sé si por el mucho estudiar o el desarreglo de las comidas, o la falta de ejercicio, o todo esto reunido, volvieron a exacerbarse mis enfermedades, y puedo decir que, durante una larga temporada, mi vida ha sido un martirio. Después mejoré cambiando de vida; pero he vuelto a recaer hace ya algún tiempo.
-?A qué ocupaciones se dedica usted?
El joven vaciló un instante y repuso:
-Soy escritor.
-Mala profesión es para una naturaleza como la suya. Las circunstancias con que ustedes trabajan generalmente... a las altas horas de la noche, hostigados por la premura del tiempo... la falta de ejercicio... y el trabajo intelectual, que ya de por sí es debilitante... ?Y dice usted que de algún tiempo a esta parte se ha recrudecido la enfermedad del estómago?
-El estómago, no tanto: lo peor es la gran debilidad que siento en todo mi organismo desde hace tres o cuatro meses. Una carencia absoluta de fuerzas. En cuanto subo cuatro escaleras, me fatigo. No puedo levantar el peso más insignificante...
-?Ha tenido usted algún síncope, o siente usted mareos de cabeza?
-Mareos, sí, se?or; pero nunca he llegado a perder el sentido. Sin embargo, en estos últimos tiempos he temido muchas veces caerme en la calle.
-?Tose usted?
-Hace un mes que tengo una tosecilla seca, y el lunes he esputado un poco de sangre. Me alarmé bastante y fui a consultar con un médico que conocía...
-?La sangre vino en forma de vómito o mezclada con saliva?
-Nada más que un poquito entre la saliva.
-Antes, ?no había usted consultado?
-Sí, se?or, muchas veces; pero como se trataba de una enfermedad crónica, me iba arreglando con los antiguos remedios: el bicarbonato, la magnesia, la cuasia...
-Bien; deme usted la mano.
El doctor Ibarra estuvo largo rato examinando el pulso del joven. Después, observó con atención sus ojos, bajando para ello el párpado. Quedose algunos momentos pensativo.
-Desearía reconocerle el pecho.
-Cuando usted guste. ?Es necesario que me desnude?
-Sería mejor. Aquí no hace frío.
El joven empezó a despojarse velozmente. Parecía tranquilo a primera vista. No obstante, quien le observase con cuidado, notaría que había crecido un poco la palidez de su rostro, y que tenía las manos trémulas. Cuando estuvo desnudo de medio cuerpo arriba, interrogó con la mirada al médico. éste consideró el miserable torso que tenía delante, con profunda lástima. Las costillas pudieran contarse a respetable distancia: el cuello salía de sus estrechos hombros largo y delgado, y adornado con prominente nuez. Hízole se?a de que se tendiese en el sofá y fue a sacar de un armario el estetoscopio. Después se coloco de rodillas al lado del sofá, y comenzó el reconocimiento. El doctor se entretuvo largo rato a palpar y repalpar el pecho, apoyando los dedos y dando sobre ellos repetidos golpecitos. En el lado derecho algo le llamó la atención, porque acudía allí con más frecuencia. Nada turbaba el silencio del gabinete. El joven observaba de reojo la fisonomía impasible del doctor. Una mosca se puso a zumbar tristemente en torno de ellos. Pero aún más triste zumbaba el pensamiento por el cerebro de nuestro enfermo, quien sentía escapársele la vida cuando se hallaba en los umbrales. Todos los instantes de dicha que había gozado acudieron en tropel a su imaginación: la vida se le presentó engalanada y risue?a, como una mujer hermosa que le esperase: hasta sus dolores y quebrantos le parecieron amables en aquel momento en que le iban a notificar que dejaría de sentirlos para siempre. No obstante, si sus ideas y recuerdos le pusieron triste, no consiguieron enternecerle. Había en su alma tal fondo de entereza y orgullo, que consideraba indigno asustarse con la perspectiva de la muerte.
El doctor tomó el instrumento, se lo puso sobre el pecho y aplicó el oído.
-Tosa usted... así... no tan fuerte... Ahora respire usted con fuerza y acompasadamente.
Hubo un largo silencio.
-Vuélvase usted un poquito... así... Tosa usted otra vez... Basta... Respire usted con fuerza...
Nuevo silencio, durante el cual el enfermo comenzó a acariciar una idea horrible.
-Ahora hable usted.
-?De qué quiere usted que hable?
-Recite versos, ya que es usted literato.
-Bueno, recitaré los que más me convienen en este momento-repuso el joven sonriendo con amargura. Y empezó a decir en voz alta la admirable poesía de Andrés Chenier, titulada Le Jeune malade.
Cuando hubo recitado algunos versos, el médico le interrumpió:
-Basta... Siga usted respirando tranquilamente.
Tornó a reinar el silencio. Un larguísimo rato se estuvo el médico con el oído atento a lo que en las profundidades del pecho de nuestro joven acaecía, explorando los más leves movimientos, los ruidos más imperceptibles, como el ladrón que fuese de noche a penetrar en una casa. A veces creía sentir los pasos de la muerte, como el soldado los de su enemigo, y la frente del anciano se arrugaba, pero volvía a serenarse al momento, adquiriendo expresión indiferente. Su atención era cada vez más profunda. En tanto, el paciente tenía fijos en el techo los ojos, donde empezaban a dibujarse las se?ales de una sombría decisión. Las cejas se fruncían: las negras pupilas despedían miradas cada vez más duras y tristes.
El doctor levantó al fin la cabeza, y preguntó fríamente:
-?Qué médico le ha dicho a usted que estaba en segundo grado de tisis?
-Ninguno-repuso el enfermo con la misma frialdad.
El anciano se puso en pie vivamente, y le miró lleno de estupor. Después se santiguó exclamando:
-?Jesús qué atrocidad!-Y sonriendo con benevolencia:-Ha hecho usted una locura, joven. ?Qué hubiese usted ganado con que le dijera que se moría?
-Saberlo de un modo indudable.
-Muchas gracias; ?y después?
-Después... después... después yo no sé lo que hubiera pasado.
-Sí, lo sabe usted... pero más vale que no lo diga. Afortunadamente, le ha salido bien la treta; porque no necesito decirle que no tiene usted ningún pulmón lesionado: sólo hay un leve desorden en las funciones. Lo que usted tiene, salta a la vista de cualquiera, porque lo lleva escrito en el rostro: es la enfermedad del siglo XIX, y en particular de las grandes poblaciones. Está usted anémico. La dispepsia inveterada que padece no acusa tampoco ninguna lesión en el estómago, y es perfectamente curable. No tiene usted, por consiguiente, nada que temer, por ahora. Recalco estas palabras para que usted comprenda que urge ponerse en cura, porque a la larga, esta enfermedad engendra la que usted creía ya tener... Y ahora se ofrece para mí una grave dificultad. Yo puedo recetarle algunos medicamentos que le aliviarían, pero sólo momentáneamente. Mientras subsistan sus causas, la enfermedad no se curará radicalmente, y le hará a usted padecer cruelmente toda la vida, y al cabo concluirá con ella demasiado pronto... Hábleme usted con franqueza... Nosotros, los médicos, somos los confesores de los hombres que no creen en la confesión... ?Es usted casado, o soltero?
-Soltero.
-Pero usted tiene una mujer que le ama demasiado...
-Acaso...-repuso el joven sonriendo y ruborizándose levemente.
-?Tendría usted fuerzas para alejarse de ella por una temporada?
La frente del enfermo se arrugó, y sus ojos adquirieron expresión fija y dura.
-No deseo otra cosa.
-Perfectamente... ?Y pudiera usted también dejar sus negocios y pasar una larga temporada en el campo, sin hacer absolutamente nada?
-Creo que sí.
-Entonces nos hemos salvado. No importa que sea un sitio u otro donde usted vaya, en el Norte o en el Mediodía; lo indispensable es que usted descanse y respire aire más puro, que corra usted entre los árboles unas veces y otras al sol, que coma usted alimentos suaves y nutritivos, que se levante usted temprano y no se retire tarde, que trueque, en fin, la vida artificial y antihigiénica que lleva, por otra natural y sencilla, y que dé a ese pobre cuerpo lo que está reclamando a gritos.
El anciano médico se alargó todavía bastante dándole consejos sobre su proceder en lo futuro. El joven le escuchó religiosamente, concediéndole la razón en su interior. Cuando hubo terminado, se levantó y quiso pagarle. El médico no lo consintió: sentía mucha simpatía hacia los jóvenes escritores, y en el caso presente comprendíase que la simpatía era aún más viva. Llevole de la mano hasta la puerta de la estancia, y al despedirse le pronunció otro corto discurso, dándole afectuosas palmaditas en el hombro:
-No ser loco, no ser loco, joven. Tenga firme por la vida, que usted no sabe lo que pasará cuando la suelte... Y sobre todo, más vale pájaro en mano... Los hombres que tienen, como usted, valor e inteligencia, deben reservarse para las empresas grandes y útiles. Cúrese usted, robustezca usted su cuerpo, y verá cómo después no siente tanto desprecio por la existencia... Adiós, joven... No deje usted de escribirme pronto desde su retiro, para que le envíe una receta. Por ahora no quiero darle medicamentos. Necesito saber la influencia del cambio de vida y de clima sobre su organismo... ?Se llama usted D. Andrés Heredia, no es verdad?... Perfectamente: no me olvidaré... Adiós, Sr. Heredia; no deje usted de irse cuanto antes de Madrid.
Al pasear la mirada por la sala, el médico tropezó con un cliente que, sentado en un diván, tosía apretando las sienes con las manos. Bajando la voz, a?adió al oído del joven:
-Ese pobre se curará en otro campo distinto del que usted va a visitar... Adiós, querido, adiós.
Andrés Heredia perdió en la ni?ez a su padre, magistrado del Tribunal Supremo, que había tenido la flaqueza de casarse, ya viejo, con una sobrinita de diez y ocho a?os. Su tardío matrimonio y algunos quebrantos de fortuna, que por la baja repentina de los fondos públicos había experimentado, dieron con él en la sepultura. El fruto de esta unión desacertada fue un ni?o menudo y enteco, que se crió trabajosamente a fuerza de mimos y cuidados.
A la muerte de su padre heredó 40.000 reales de renta que, unidos a la viudedad de su madre, les consintió vivir con bienestar en la corte. La joven viuda no quiso contraer nuevo matrimonio, aunque no le faltaron buenas coyunturas para ello. Cifró los anhelos y las esperanzas todas de su vida en aquel ni?o, que necesitaba de su maternal solicitud para no perecer al golpe de las muchas dolencias que padeció en la infancia: para ella era un goce intenso y continuo irlas venciendo y verle salvo y cada vez más robusto. El chico, al mismo tiempo, iba descubriendo un natural sensible y despejado: adoraba a su madre y la enorgullecía con sus triunfos en el colegio: todos los meses diploma de honor: en todos los exámenes sobresaliente o notablemente aprovechado. Más tarde, cuando alcanzó los diez y seis a?os, le trajo un periódico donde aparecían unos versos firmados por él. Lisonjeada en su vanidad de madre, la pobre mujer rompió a llorar. Desde entonces la carrera de Andrés quedó fijada: fue poeta. No hubo revista literaria ni periodiquillo de provincias que no se viese comprometido a insertar alguna de sus lacrimosas composiciones, ni certamen poético o juegos florales donde no ganase una escribanía de plata, algún libro lujosamente encuadernado, y tal vez que otra hasta la misma flor natural reservada a los poetastros más preclaros. El género en que más sobresalía eran las leyendas. Con una cruz de piedra, un par de jinetes rebujados en sendas capas, un camarín bien amueblado, una dama de rara belleza, un castillo con ventanas ojivales y una noche de luna llena, tenía lo bastante nuestro mancebo para armar un belén de seis mil diablos muy interesante, capaz de poner la carne de gallina a cualquiera. Cuando tuvo bastante número de composiciones, publicó (a ruego de algunos amigos) un tomo; y después otro; y después otro. Le costaban un caudal; pero lo daba por bien empleado, porque los periódicos donde tenía amigos comenzaban a llamarle ?el inspirado poeta, nuestro particular amigo D. Andrés Heredia.? Por desgracia, su madre se murió antes de verle en el pináculo de la gloria: murió rápidamente de una tisis pulmonar. Andrés, que sólo contaba veinte a?os a la sazón, tuvo por curador de sus bienes a un hermano de la difunta; pero no quiso vivir con él, y se trasladó con algunos de sus bártulos a la fonda.
Aquí da comienzo para el joven Heredia una era muy diversa del resto de su vida anterior. Pasó repentinamente de la atmósfera tibia de su casa al fresco de la calle, de la existencia dulce y tranquila que el amoroso cuidado de su madre le hacía observar, a la desarreglada y trashumante de las fondas. El exceso de libertad le hizo da?o. Su naturaleza había cambiado bastante desde los diez y seis a?os. El método riguroso, la conducta ordenada, habían conseguido darle una robustez relativa; de suerte que, al trasladarse a la fonda, se hallaba bastante fuerte para disfrutar de la vida. Por otra parte, su curador le pasaba una muy bastante cantidad para sostenerse con desahogo. De todas estas ventajas comenzó a usar largamente nuestro joven, presentándose en el mundo con el brío y la petulancia de los pocos a?os. Pisó los teatros a menudo, y los cafés, y los salones, y hasta los lugares menos santos; contrajo amistades y deudas; despe?ose en aventuras amorosas que no son el amor. Todo le sonrió en un principio. Mas no se pasó mucho tiempo sin que la naturaleza diese el grito de alarma. De nuevo se presentó la antigua dolencia del estómago, más áspera que nunca, por la falta de método en las comidas y el desdén de los remedios oportunos. Y el constante padecer que le envenenaba todos los placeres, comenzó a influir de modo notable en su carácter: se tornó hipocondríaco, pesimista, irascible. Llegó un instante en que se vio precisado a retirarse del comercio social, para no tener a cada instante alguna reyerta. Se hizo susceptible, desconfiado; una palabra le desconcertaba, una mirada le hería; no transcurrían ocho días sin que ri?ese con algún amigo por cualquier bagatela. Uno de ellos, médico, después de cierta escena violenta, le dijo que no discutiría más con él mientras no se pusiese en cura. Esto le hizo volver en sí: comprendió que estaba efectivamente enfermo, huyó con particular cuidado toda ocasión de disputa, y comenzó a jaroparse con los remedios que usualmente se dan contra la bilis. No le fue mal con ellos: el estómago se le entonó, comió con más apetito, y al cabo pudo volver a la vida ordinaria, aunque resentido y quebrantado.
En esta época había dado paz temporalmente a las musas, y descendió a escribir en prosa, no vil, sino poética y ensortijada como ninguna. Entró de revistero en un periódico, y con ocasión de los saraos, banquetes, funciones de teatro, corridas de toros y toda laya de fiestas públicas y privadas, comenzó a soltar de la pluma un millón de lindas frasecillas ingeniosas y acicaladas, que no había otra cosa que alabar entre las damas. Y como natural consecuencia de la boga de sus artículos, también su persona alcanzó inusitado favor en los salones. Se le juzgó fino, gentil, elegante: las mamás le bloquearon con sonrisas y lisonjas. Pero no estaba por los amores lícitos: gustaba de morder en la manzana prohibida, y es fama que en poco tiempo le dio muchos y fuertes bocados. Por cierto que uno de ellos le costó un lance de honor, del cual salió levemente herido; pero esto le hizo ganar prestigio entre el sexo femenino. últimamente, tuvo la mala ventura de ligarse a una mujer no joven, ni bella, ni rica, pero tan hábil y experta, de tal infernal atractivo, que en poco tiempo logró atarle de pies y manos, tenerle rendido y sumiso a sus pies como un esclavo. Era la esposa de un alto empleado a quien las aventuras de su se?ora no parecían dar frío ni calor. Cesaron las de Andrés al tropezar con tal mujer: dejó la vida alegre y bulliciosa, y hasta el trato de sus amigos íntimos; no pensó desde entonces más que en servir y festejar a su ídolo. Y de esta suerte transcurrieron más de dos a?os, perdiendo en aquellos amores necios sus fuerzas físicas e intelectuales; porque había abandonado el estudio, y hasta la pluma ya no le servía más que para trazar algunas insulsas composiciones en honor de su dama.
Al llegar a la mayor edad entró en la libre disposición de sus bienes, que halló no poco mermados, gracias al buen aire que supo darles su se?or tío mientras los manejó. Con este motivo hubo disputas y fuertes desabrimientos entre ambos, y aun amagos de litigio: al fin se zanjó el asunto por la intervención de algunos amigos oficiosos, no sin perder Andrés en la transacción buena parte de su hacienda. Estos disgustos y todos los demás se compensaban por los dulces momentos que sus vergonzosos amores le hacían pasar. Mas al fin, también fueron perdiendo mucho en su atractivo: la esposa del empleado se empe?aba en abusar de su poder y en exigir mayores sacrificios, al mismo tiempo que el amor se iba gastando en el pecho del evaporado joven. Esto produjo tirantez entre ellos, algunas reyertas y no pocas desazones. Andrés concluyó por desear un rompimiento; pero se dejaba arrastrar de la costumbre, sin fuerzas para tomar una resolución violenta, como sucede casi siempre en las relaciones a?ejas.
Presentose al cabo lo que era inevitable. Su salud, siempre arrastrada y temblona, se resintió de modo alarmante. Ya no eran solamente la delgadez singular, la fatiga y la inapetencia los fenómenos que se advertían en su organismo. En los últimos tiempos comenzó a sentir agudos dolores de estómago a ciertas horas del día, que le dejaban extremadamente abatido y triste. Cuando en la calle le acometían, apretaba fuertemente la parte dolorida con el pu?o del bastón, y así caminaba con el rostro pálido y angustiado, sin oír ni ver nada de lo que a su alrededor pasaba. Por fortuna, duraron poco tiempo: el bismuto que le recetó el amigo con quien solía consultarse consiguió aliviarlos notablemente.
Pero a los pocos días, un esputo de sangre, que arrojó al toser, le asustó. ?Estaría tísico? Semejante idea le llenó de espanto. Nunca había pensado en la muerte, sino como elemento artístico que utilizaba para sus poemas románticos, sacándola a relucir, demasiadamente por cierto, en apoyo de la sinceridad de sus ansias amorosas, y como medio de conseguir un bálsamo para sus penas. Mas ahora, la muerte se le presentaba de modo mucho menos simpático, lívida, descarnada, hedionda, empu?ando en sus huesosas manos la guada?a fatal apercibida a segarle el cuello; era la muerte sin consonantes ni ripios, totalmente desnuda de galas retóricas. En su presencia sintió impresión muy distinta a la que le había inspirado el poema Amor y muerte, que pocos meses antes había publicado cierta revista literaria titulada Los Ecos del Manzanares: sintió frío y miedo y apego sin condición a la vida, de la cual tantas veces había maldecido en verso. Pasó dos días en extraordinaria agitación, encerrado en su cuarto, sin ver a su amiga ni otro ser viviente más que a la doméstica que le servía sus cortas refacciones, sin resolverse a consultar con algún médico de experiencia por el temor de adquirir la fatal certidumbre de su desgracia.
La agitación, no obstante, cedió y se transformó, como sucede generalmente, en abatimiento y tristeza. Y poco a poco, de este abatimiento, del que muy contados humanos escaparían en idéntico caso, brotó como planta vigorosa la resignación, o más bien una indiferencia estoica y varonil nacida de la vergüenza de haber sentido miedo. Su corazón alzose bravamente ante el fantasma terrible de la tisis, y dijo: ?No se muere más que una vez... Días antes o días después... ?Bah! ?Qué importa!? Y por un supremo esfuerzo de la voluntad quedó sereno, completamente sereno, observando su propia tranquilidad con noble orgullo. Sólo un pensamiento logró enternecerle dulcemente: ?Mi madre murió tísica; allá voy a juntarme con ella.? Y derramó algunas lágrimas que le refrescaron el alma. Después arregló in mente todas sus cosas, trazando una minuta ideal de su testamento, se lavó, se vistió con pulcritud y salió de casa en busca de la del doctor Ibarra, uno de los más celebrados médicos de Madrid, resuelto a saber la verdad de su estado y el tiempo que aún le quedaba de vida. Algo siniestro, espantoso, flotaba por encima de su resignación, sin que él mismo se atreviese a definirlo.
?Cuán distintas fueron sus impresiones al salir de aquella casa! Había entrado pocos momentos antes indiferente, frío, con el espíritu desmayado y el paso vacilante. Al salir, le palpitaba el corazón fuertemente, los ojos le relucían, las mejillas se coloreaban, los pies bailaban sobre la escalera con redoble firme y alegre. Es que el doctor Ibarra, el médico más afamado de la corte, un sabio respetado en toda Europa, un semidiós de la ciencia, le acababa de prometer la vida.
?La vida! Al poner el pie en la calle, la encontró hermosa y amable como nunca. El sol resbalaba por el diáfano cristal del firmamento con dulce sosiego, y sus rayos caían sobre la ciudad como suave y divina bendición. Discurría la gente por las aceras en animado movimiento; brillaban los cristales de los escaparates y los de los balcones; cruzaban los carruajes hacia el paseo estremeciendo el pavimento, y despidiendo de sus ruedas vivos y gratos reflejos; un piano mecánico alzaba sus sones en medio de la calle tocando el brindis de Lucrecia; una vendedora de violetas cruzaba con el cestillo en la mano, dejando tras si el ambiente perfumado; escuchábanse las risas de los ni?os que jugaban en el balcón de un entresuelo; veíase la linda cabecita rubia de una joven que desde otro balcón mucho más alto exploraba la calle, evitando los rayos del sol con la pantalla de su mano nacarada... Todo era grato y placentero; todo palpitaba, todo cantaba, todo resplandecía. El cielo enviaba una dulce sonrisa protectora a la tierra. La tierra contestaba con frescas carcajadas de júbilo.
El alma de Andrés también reía. Quedó inmóvil un instante a la puerta del bendito doctor, deslumbrado, el corazón henchido de emociones, bebiendo y aspirando la luz que le inundaba, gozando como dicha infinita el vaivén y los rumores de la calle. Y del fondo de su espíritu caviloso y triste salió un grito que dominó todas las emociones, todas las ideas y deseos. ?Vivir!
Vivir, vivir de cualquier modo que fuese; vivir sin placeres, porque el vivir es el mayor de todos. Era el grito de ?socorro! de un ser en peligro, el ruego acongojado de un cuerpo dolorido; el mandato imperioso de la naturaleza viva que lucha con la muerte desde el comienzo del mundo. ?Cómo algunos minutos antes desde?aba a tal punto la vida, cuando ahora renunciaría de buen grado a todos los goces de la tierra por poseerla? No acertaba a comprenderlo.
Mientras caminaba hacia su casa, ba?ándose en la dicha de vivir, iba pensando en el modo más adecuado de cumplir los preceptos del doctor Ibarra y satisfacer el deseo vehemente, irresistible, de su atribulada naturaleza. Se acordó de que tenía un tío en una de las provincias del Norte, párroco de cierta aldea pintoresca y sana, al decir de los que la habían visitado, y decidió escribirle inmediatamente.
Escribiole, en efecto, arregló el cobro de sus intereses con el agente encargado de ellos, hizo su equipaje y al día siguiente se embarcó en el tren del Norte, sin ver a su amante, ni dar parte a nadie de su marcha repentina, como quien escapa de violenta y temerosa persecución.
Ni la justicia ni enemigo mortal alguno le perseguían. El único que le acechaba los pasos, esperando impaciente el momento oportuno de acometerle, era aquel fantasma pálido y hediondo que se le había aparecido al arrojar algunas gotas de sangre por la boca.
Cuando el joven Heredia se acercó al despacho del ferrocarril minero que enlaza el puerto de Sarrió con la villa de Lada, solicitando un billete de primera, el expendedor le clavó una mirada honda y escrutadora, y le examinó detenidamente de la cabeza a los pies, preguntándose con curiosidad:-?Quién será este joven? Me parece que no le he visto hasta ahora. ?Algún nuevo ingeniero que hayan traído los Iturraldes? Está bien flaquito el pobre.
En la vasta sala de espera, negra por el polvo de carbón, no había nadie. El expendedor pudo examinar largo rato aún al viajero. Al cabo de un cuarto de hora de pasear por aquel inmenso y sucio camaranchón, apareció un mozo con el rostro embadurnado también de carbón, empu?ando una campana de bronce que hizo sonar con fuerza; y encarándose al propio tiempo con nuestro joven, gritó reciamente:
-?Viajeros al tren!
-Oye, Perico-gritó el expendedor desde la taquilla.-?Quién te ha mandado dar la se?al?
-Es la hora-repuso el mozo, malhumorado.
-Y ?quién te ha dicho a ti que era la hora?
-El reloj.
-Pues aquí no hay más reloj que yo; ?lo entiendes, mastuerzo?-dijo el expendedor con voz colérica, sacando cuanto pudo el airado rostro por la ventanilla.-?Vaya, vaya! ?Pues no faltaba más que estuviésemos aquí sujetos a la voluntad de los se?ores mozos!-Usted dispense, caballero-prosiguió volviendo los ojos a Andrés;-pero este mozo es más animal que el andar a pie... Hoy no podemos salir a la hora en punto, porque va el se?or gerente con el ingeniero a reconocer unas minas... De todos modos, no será cosa lo que nos retrasemos...
Andrés levantó la mano, como diciendo:-?Por mí no se molesten ustedes!
Y siguió paseando por la sala con la misma calma.
-?Quiere usted facturar el baúl?
-?Ah! Sí, se?or; se me olvidaba.
Facturado el baúl, creyó que podía salir a dar algunas vueltas fuera de la estación.
-No se aleje usted mucho, caballero: el se?or gerente no tardará en llegar: suele ser puntual.
En efecto, el gerente y el ingeniero tardaron poco en aparecer, conversaron unos instantes con el expendedor y se metieron en un coche reservado, algo menos sucio que el que a Andrés le tocó en suerte. El hombre de la taquilla, después de apretar la mano repetidas veces al gerente y al ingeniero y de hacer un sinnúmero de saludos con su gorra galoneada, se dirigió en voz alta al maquinista:
-Ya puedes arrancar, Manuel.
Silbó la locomotora, prolongada, triste, agudamente; lanzó después sordos bufidos de angustia, cual si le costase esfuerzos supremos remover el cortejo de vagones que le seguían; por último, empezó a caminar suave y majestuosamente; después con más celeridad, aunque no mucha.
El valle en que estaban asentados el pueblo y la estación de Navaliego, intermedia entre la villa marítima y la carbonífera, y adonde había llegado nuestro joven desde la capital con sólo hora y media de diligencia, era amplio y dilatado: la vista se derramaba por él sin topar obstáculo en algunas leguas: el terreno solamente hacía leves ondulaciones. En el país donde nos hallamos, el más quebrado y montuoso de la Península, el valle de Navaliego constituye una feliz o desdichada excepción, según el gusto de quien lo mire. Es más árido que el resto de la provincia; hay poco arbolado. No obstante, sembrados aquí y allá, se ofrecen muchos y blancos caseríos que resaltan sobre el verde pálido del campo y rompen alegremente la monotonía del paisaje.
El tren o trenecillo donde Andrés iba empaquetado lo atravesó todo lo prontamente que le fue posible, y se detuvo a la falda de una monta?a, delante de otra estación. Allí se subió al mismo coche un matrimonio obeso que saludó cortésmente a nuestro viajero. Un hombre, calzado de almadre?as, gorro de pa?o negro y bufanda, que se paseaba por delante de la estación y dictaba órdenes en calidad de jefe, hizo se?al con la mano, y el tren tornó a silbar y a bufar y a partir.
El valle se había ido cerrando poco a poco. Los montes que lo estrechaban estaban vestidos de árboles, dejando entre su falda y la vía férrea hermosas praderas de un verde esmeralda. Andrés contemplaba con júbilo aquel exuberante follaje, que en la vida había visto, comparándolo con la empolvada pradera de San Isidro. Es indecible el desprecio que en tal instante le inspiraba el recinto de la famosa romería, donde no existe más verde que el de las botellas.
Un hombre apareció por la parte exterior del coche, preguntándole:
-?Adónde va usted?
-A Lada.
-Bueno, entonces ya me dará usted el billete; no hay prisa... ?Sr. D. Ramón!... ?Se?á Micaela!... (dirigiéndose con efusión al matrimonio obeso). ?Ustedes por acá! Hace ya lo menos dos meses que no vienen a ver al chico: ya sé, ya sé que Gaspara ha parido un ni?o muy robusto... ?Vienen ustedes a ver al nieto, verdad?... D.a Micaela cada día más gorda.
-Pues no es por lo que dejo de pasar, hijito.
-?Qué ha de pasar usted, se?ora! ?Con esas espaldas y esas!... ?Vamos, hombre, si da ganas de reír!
-Que sí, que sí, hijito; que lo estoy pasando muy mal desde el día de San Bartolomé; que lo diga Ramón si no...
-Es verdad, es verdad-bramó sordamente el elefante del marido.-Lo está pasando muy mal... A mí me parece que es histérico...
Andrés dejó de escuchar la conversación y se mudó a la otra ventanilla para seguir contemplando el paisaje. Al poco rato, el revisor se alejó y volvió a reinar silencio en el coche.
El valle se había cerrado aún más. Las faldas de los montes avanzaban casi hasta el borde de la vía, dejando poquísimo espacio de campo. A trechos, sólo quedaba la anchura suficiente para el paso del riachuelo que corría por la ca?ada. Los árboles extendían de cerca, y por entrambos lados, sus ramas, cual si tratasen de atajar la marcha del tren.
Parose éste repentinamente, cuando menos se esperaba, en medio de la mayor apretura de la garganta, donde no había rastro de estación ni otra fábrica de menor calidad que hiciese sus veces.
Andrés, después de asomar la cabeza por las ventanillas y mirar y remirar en vano, se atrevió a preguntar a sus compa?eros:
-?Qué significa esta detención?
-Nada, que se apeará aquí el gerente.
-?Ah!
Marido y mujer cambiaron entonces una mirada menos vaga y mortecina que las que ordinariamente despedían sus ojos revestidos de carne. Un mismo pensamiento cruzó por sus acuosas masas encefálicas.
-Si el maquinista quisiera parar antes de llegar a Piedrasblancas-dijo la mujer-nos ahorrábamos deshacer el camino.
-Es verdad-dijo el marido.
-Díselo a Felipe.
-No sé si cederá.
-?Qué se pierde con pedírselo? El no ya lo tienes en casa.
El marido asomó su faz redonda por la ventana, y espió largo rato los movimientos del revisor. Al fin se resolvió a hacer se?a de que se acercase. Vino el revisor, escuchó la proposición de la faz redonda y la halló un poco grave. Era comprometido para el maquinista y para él; ya les habían reprendido severamente por actos semejantes; el servicio se interrumpía; los viajeros se quejaban; se perdían algunos minutos...
La mujer escanció un vaso de vino, y se llegó con él a reforzar los argumentos de su consorte. Negocio terminado. El tren pararía media legua antes de Piedrasblancas, ?pero cuidado con bajarse en seguida! ?Mucho cuidado!
-Pierda usted cuidado.
En efecto, al poco rato el tren detuvo un instante su marcha; sólo el tiempo necesario para que marido y mujer dijesen a Andrés:-Buenas tardes, caballero, feliz viaje-y se bajasen con la premura que les consentía la pesadumbre de sus cuerpos.
Tornó a quedarse el joven solo. No tardó en abrirse nuevamente el valle, ofreciéndose a los ojos del viajero con amena perspectiva. Era más fértil y frondoso que el de Navaliego, pero menos extenso: un río de respetable caudal corría por el medio: las colinas, que por todas partes lo circundaban, de mediana elevación y cubiertas de árboles. Allá, a lo lejos, los ojos del joven columbraron un grupo de chimeneas altas y delgadas como los mástiles de un buque y adornadas de blancos y negros y flotantes penachos de humo. En torno suyo, una población cuya magnitud no pudo medir entonces. Era la metalúrgica y carbonífera villa de Lada.
Mucho humo, mucho trajín industrial, mucho estrépito, muchas pilas de carbón, muchos rostros ahumados.
Al apearse del tren vaciló un momento acerca de lo que había de hacer.
Decidiose a interrogar al primer mozo que le salió al paso.