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El Abate Constanín

El Abate Constanín

Author: : Ludovic Halévy
Genre: Literature
El Abate Constanín by Ludovic Halévy

Chapter 1 No.1

Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la vía cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treinta a?os habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de la peque?a aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débil curso de agua llamado el Lizotte.

Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo de Longueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídas por el tiempo. El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisos azules pegados a los pilares.

Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m. tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny, la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes:

1.o El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques, vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado de pared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientos mil francos.

2.o La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base: quinientos mil francos.

3.o La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas. Base: cuatrocientos mil francos.

4.o Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta hectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.

Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable suma de dos millones cincuenta mil francos.

Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglos atrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres a hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también que después de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho a reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado grande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningún comprador.

La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdió a su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven de veintitrés a?os de edad, había hecho mil locuras, estaba semiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval.

Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longueval tendría un nuevo due?o. Y ese due?o, ?quién sería?

?Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos, junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre cura de la aldea? Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quien mantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del cura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubierto de vestiditos de ni?os y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate Constantín para salir a caza de pobres, como ella decía.

El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además, los más grandes santos tienen sus peque?as debilidades, pensaba también en sus buenos hábitos de treinta a?os bruscamente interrumpidos. Todos los jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, lo obsequiaban, lo traían en palmas... La peque?a Camila, tenía ocho a?os, venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía:

-Mirad, se?or cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi mamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes de María. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco.

?El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altar desaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, y este a?o sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, en floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa mayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la se?orita Hebert, la lectora de madama de Longueval, tocaba el peque?o armonium regalado por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompa?aba ya la voz de los chantres, ni los cánticos de los ni?os. La se?orita Marbeau, la directora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupado el lugar de la se?orita Hebert, pero no se atrevía, temía que la anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era librepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso.

La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todos eran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas del Lizotte, y del otro lado del peque?o río, se extendían las praderas de las dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de la Mionne. ?Dividida!... ?la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento desgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacía treinta a?os que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También eran casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casa en las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenerse con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla, y decirse:

-?Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este a?o tendremos una excelente cosecha.

Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, sus plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su vida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuya última hora había llegado.

El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí también el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demorado en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso y el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa de Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos charlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera a misa, y éste respondía:

-Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, se?or cura, que así somos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nos harán abrir la puerta del Paraíso.-Y maliciosamente a?adía, dando un suave latigazo a la vieja yegua:-?Si lo hay!

-?Cómo! ?si lo hay? Pero ?verdaderamente lo hay!

-Entonces vos entraréis allí, se?or cura. Decís que esto no es seguro... y yo os digo que sí. ?Vos estaréis allí! en la puerta espiando a vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Y le diréis a San Pedro... ?es San Pedro quien tiene las llaves del Paraíso, no es así?

-Sí, es San Pedro.

-Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis: ??Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los arrendatarios de la se?ora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía al concejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que querían echar de la escuela.? Esto conmoverá a San Pedro, que responderá: ?Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle gusto al se?or cura.? Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura de Longueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais cura de Longueval.

Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca había so?ado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusieron grandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes. Siempre había rehusado. El adoraba su peque?a iglesia, su peque?a aldea, su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo él mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el viento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero su alma permanecía tierna y cari?osa.

Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia sólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar sus perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre las que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladas de tierra.

Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente una corta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más lo inquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía una fe cándida y tranquila.

Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que las otras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ?en qué circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamás se confesaba; ?pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los que sufrían!...

Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigo Reynaud, ?dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico de aldea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo su muerte, y se decía:

-?En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizá lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha debido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos.

Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientras continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para saber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábale todavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas de Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabeza voces que lo llamaban.

-?Se?or cura, se?or cura!

En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la se?ora de Lavardens con su hijo Pablo.

-?Dónde vais, se?or cura?-preguntó la Condesa.

-A Souvigny, al Tribunal, para saber...

-Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnos cuenta del resultado.

El abate Constantín subió al terrado.

Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muy desgraciada. A los dieciocho a?os hizo una locura, la única de su vida, pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y exaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores y espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo por necesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, y hacía dos o tres a?os que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas, acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacía al respecto ninguna ilusión; pero pensaba: ?Lo amaré tanto, que concluirá por amarme.?

De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sido tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba demasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cari?os. El continuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Así pasaron quince a?os de eterno martirio, soportado por madama de Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignación; resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, ni curarla de este amor que la consumía.

El se?or de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce a?os, en el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens había disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casa de París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía, consagrándose por completo a la educación de su hijo.

Aquí también le esperaban nuevas penas y tristezas. Pablo de Lavardens era inteligente, amable y bueno, pero absolutamente rebelde a toda obligación y a todo trabajo. Desesperó en poco tiempo a los tres o cuatro profesores que en vano se esforzaron por hacerle entrar algo serio en la cabeza; presentose en Saint-Cyr, donde no fue admitido, y comenzó por malgastar en París, lo más rápida y locamente del mundo, dos o trescientos mil francos.

Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa; tuvo la suerte desde el principio de formar parte de una peque?a columna expedicionaria en el desierto de Sahara, condújose valerosamente, obtuvo con mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres a?os iba a ser nombrado subteniente, cuando se enamoró de una joven que representaba La fille de madame Angot, en el teatro de Argel.

Pablo, que había concluido su compromiso en el regimiento, dejó el servicio y volvió a París con su joven cantora de opereta... luego fue una bailarina... después una cómica... más tarde una amazona del circo. Ensayaba todos los tipos. Así vivía con la brillante y miserable vida de los desocupados. Pero sólo permanecía en París tres o cuatro meses del a?o, pues su madre le pasaba una pensión de treinta mil francos, y le había asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendría un real más antes de su casamiento.

La conocía y sabía que debía tomar sus palabras a lo serio.

De manera que, como quería hacer buena figura, y llevar vida alegre en París, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo, y luego volvía dócilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens: cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento de artillería que estaba de guarnición en Souvigny. Las modistas y las grisetas de provincia reemplazaban, sin hacérselas olvidar, a las cantoras y cómicas de París. Buscando un poco se encuentran aún grisetas en las provincias, y Pablo buscaba mucho.

Apenas estuvo el cura en presencia de la se?ora de Lavardens, díjole ésta:

-Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombres de los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongo en duda el éxito de nuestra combinación.

Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mi vecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de París, y yo. M. de Larnac se quedará con la Mionne; M. Gallard con el castillo y Blanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, se?or cura, debéis estar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallard son muy ricos y os darán mucho dinero.

En aquel momento apareció a lo lejos un carruaje envuelto en una nube de polvo.

-Ahí viene M. de Larnac; conozco sus poneys.

Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castillo y llegaron en el momento en que el carruaje se detenía ante el portón.

-Y bien, ?qué hay?-preguntó madama de Lavardens.

-?Qué hay!-respondió M. de Larnac,-que no tenemos nada.

-?Cómo nada?-interrogó la Marquesa bastante pálida y visiblemente conmovida.

-Nada, nada, absolutamente nada, ni unos ni otros.

M. de Larnac saltó del coche para referir lo que había pasado en la audiencia del Tribunal de Souvigny.

-Al principio-dijo,-todo salió a pedir de boca. El castillo se le adjudicó a M. Gallard, en seiscientos mil cincuenta francos. No apareció un solo competidor, de manera que le bastó un aumento de cincuenta francos. En cambio una peque?a batalla por Blanche-Couronne. Las ofertas llegan de quinientos hasta quinientos veinte mil francos, y vence también M. Gallard. Nueva batalla y más encarnizada por la Rozeraie; por fin salís victoriosa vos, se?ora, por cuatrocientos cincuenta y cinco mil francos... y yo me quedo con el bosque de la Mionne con sólo un aumento de cien francos sobre la tasación. Todo parecía terminado, los asistentes estaban ya de pie, rodeando a nuestros abogados para saber el nombre de los compradores. Pero M. Brazier, el juez encargado de la venta, reclama de nuevo silencio, y el ujier pone en venta los cuatro lotes reunidos por dos millones ciento cincuenta o sesenta mil francos, no recuerdo bien. Un murmullo irónico circuló por el auditorio. Por todos lados se oía decir: Nadie, ?bah, no habrá nadie! Pero el se?or Gibert, el abogado que se había sentado en primera fila, y que hasta entonces no había dado se?ales de vida, levantose tranquilamente y dijo: ?Tengo comprador para los cuatro lotes juntos en dos millones doscientos mil francos.? ?Esto fue como un rayo! Un inmenso clamor seguido de un gran silencio. La sala estaba llena de agricultores de las cercanías, a quienes tanto dinero por pedazos de tierra los sumergía en una especie de respetuoso estupor. Sin embargo, M. Gallard se inclina hacia Sandrier, el abogado que hacía la oferta para él. Trábase una lucha entre Gibert y Sandrier. Llegan hasta dos millones quinientos mil francos. Breve momento de vacilación en Gallard. Decídese y continúa hasta tres millones. Ahí se detiene, y se le adjudica la propiedad a M. Gibert. Arrójanse todos sobre él, lo rodean, lo abruman... ??El nombre, el nombre del comprador!?-Es una americana-responde Gibert,-madama Scott.

-?Madama Scott!-exclama Pablo.

-?La conoces tú?-pregunta madame de Lavardens.

-?Si la conozco, si la... no, absolutamente! Pero he estado en un baile en su casa, hará como seis semanas.

-?En un baile en su casa... y no la conoces! ?Qué clase de mujer es entonces?

-?Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla!

-?Y existe un se?or Scott?

-Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. Allí me lo mostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y no se divertía nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y parecía decirse: ??Qué significa tanta gente? ?Qué viene a hacer en mi casa?? Nosotros íbamos a ver a la se?ora Scott y a la se?orita Percival, su hermana. ?Y os garantizo que valía la pena!

-?Y vos conocéis a estos Scott?-preguntó la Condesa, dirigiéndose a M. Larnac.

-Sí, se?ora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico, que vino a instalarse en París el a?o pasado. Desde que se pronunció su nombre, comprendí que la victoria debía ser decisiva. Gallard estaba vencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en París una casa de dos millones de francos, cerca del parque Monceau.

-Sí, calle de Murillo, donde dieron el baile; era...

-Deja hablar a M. de Larnac. Después nos contarás la historia de tu baile en casa de madama Scott.

-Apenas se instalaron mis americanos en París, comenzó una lluvia de oro. Verdaderos par-venus que se divertían en arrojar locamente el dinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente; cuentan que hace diez a?os, madama Scott mendigaba por las calles de New-York.

-?Mendigaba!

-Así dicen, se?ora. Luego se casó con este Scott, hijo de un banquero de New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos, no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, en América creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, una mina de plata... en la cual hay plata. ?Ah, ya veréis qué lujo estallará en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Según dicen, ellos pueden gastar cien mil francos por día.

-?Y esos son nuestros vecinos!-exclamó madama de Lavardens.-?Una aventurera! Y no es nada eso todavía... ?una hereje, se?or abate, una protestante!

?Una hereje, una protestante! ?pobre cura! en eso estaba pensando precisamente desde que oyó decir: ?Una americana, madama Scott.? ?La nueva castellana no iría a misa! ?Qué le importaba que hubiera sido mendiga! ?Qué le importaban sus millones de millones, ella no era católica! Ya no bautizaría él a los ni?os nacidos en Longueval, y la capilla del castillo, donde tantas veces había dicho misa, se vería transformada en oratorio protestante, y oiría la palabra glacial de algún pastor calvinista o luterano.

En medio de toda esta gente consternada, desolada, sólo Pablo parecía estar radiante.

-En todo caso, una preciosa hereje-dijo,-y hasta podría deciros, ?dos divinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en el Bosque, con dos peque?os grooms, de este alto, por detrás.

-Vamos, Pablo, cuéntanos ahora, lo que sepas... ese baile de que hablabas... ?Cómo fuiste a casa de las americanas?

-?Por una gran casualidad! Mi tía Valentina se quedaba en su casa aquella noche. Yo llegué como a las diez... y os aseguro que los miércoles de mi tía Valentina no sobresalían por su loca alegría. Hacía veinte minutos que me aburría, cuando vi a Rogerio de Puymartin que se esquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestíbulo y le digo: ?Espera, te acompa?aré a tu casa.-?Oh! no voy a casa.-?Y dónde vas?-A un baile.-?En casa de quién?-En casa de Scott, ?quieres venir conmigo?-Pero si no estoy invitado.-?Ni yo tampoco!-?Cómo, tú tampoco?-Voy en busca de uno de mis amigos.-?Y conoce a los Scott, tu amigo?-Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues, y verás a madama Scott.-?Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.-A caballo no va escotada; tú no has visto sus hombros, y eso es lo que tiene que ver... No hay nada mejor en París, por el momento.?-Y así me decidí a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, y admiré los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volveré a ver cuando den bailes en Longueval.

-?Pablo!-dijo la Condesa, se?alando al cura.

-?Oh! dispensad, se?or cura, os pido mil perdones... He dicho acaso algo... No, me parece que no...

El pobre sacerdote no lo había oído. Su pensamiento estaba fuera de allí. Ya por las calles de la aldea veía al pastor del castillo detenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas sus peque?os panfletos evangélicos.

Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripción del palacio, que era una maravilla...

-De mal gusto y de lujo chillón-interrumpió madama de Lavardens.

-?Nada de eso, mamá, absolutamente!... Nada chillón, ni chocante. Muebles admirables, dispuestos con suma gracia y originalidad. Un invernáculo incomparable, inundado de luz eléctrica; la mesa instalada en el invernáculo, bajo un parral cargado de racimos... en el mes de abril, y se podían sacar cuantos quisierais! Sólo los accesorios del cotillón parece que habían costado cuarenta mil francos. Alhajas, bomboneras, y mil adornos deliciosos... que rogaban a la concurrencia se los llevara. Yo no tomé nada; pero muchos otros no tenían tanto escrúpulo... Esa noche Puymartin me contó la historia de madama Scott; pero no como la refirió M. de Larnac. Rogerio me dijo que madama Scott había sido robada por unos saltimbanquis cuando era ni?a, y que su padre la había encontrado haciendo piruetas en un circo ambulante, saltando por sobre gallardetes y atravesando aros de papel.

-?Una saltimbanqui!-exclamó la madre de Pablo,-?yo prefería la mendiga!

-Y mientras Rogerio me contaba esta historia del Petit Journal, yo veía venir desde el fondo de una galería a la amazona del circo, envuelta en un maravilloso conjunto de raso y encajes, y admiraba sus hombros, su deslumbradora garganta sobre la cual se mecía un collar de brillantes, grandes como tapones de botella. Se decía que el ministro de Hacienda había vendido secretamente a madama Scott la mitad de los brillantes de la corona, y esta era la razón por la cual el mes anterior había tenido un sobrante de quince millones en su presupuesto. Agrega a todo esto que tiene un aire muy de se?ora, la antigua saltimbanqui, y que se encuentra lo más bien en medio de tantos esplendores.

Pablo estaba tan entusiasmado, que su madre lo detuvo. Delante de M. de Larnac, que estaba bastante disgustado, dejaba estallar con demasiada candidez la satisfacción de tener por vecina a la maravillosa americana.

El abate Constantín se preparaba a tomar el camino de Longueval; pero Pablo al verlo pronto a partir, exclamó:

-?Oh! no, se?or cura, no haréis a pie por segunda vez, con semejante calor, la travesía hasta Longueval; permitidme que os lleve en carruaje. Siento mucho veros tan triste, y procuraré distraeros. ?Oh, por más santo que seáis, algunas veces os hago reír con mis locuras!

Media hora después, los dos iban en dirección a la aldea. Pablo hablaba, hablaba, hablaba!

Su madre no estaba allí para calmarlo y moderarlo, de manera que su alegría se desbordaba.

-Mirad, se?or cura, hacéis muy mal en tomar las cosas por su lado trágico... ?Ved cómo trota mi yegua! ?cómo levanta las patas! Vos no la conocíais. ?Sabéis cuánto he pagado por ella? Cuatrocientos francos. La descubrí como hace quince días en las varas de un carro. Una vez que toma bien el trote, es capaz de andar cuatro leguas por hora, y siempre os lleva las riendas tirantes, no afloja. ?Mirad, mirad cómo tira, cómo tira!... ?Vamos despacio, despacio!... No estamos de prisa, ?no es verdad, se?or cura? ?Queréis entrar en el bosque? Siempre os sentará bien el aire del bosque... Si supierais, se?or cura, cuánto os quiero... y os respeto... ?No habré dicho demasiados disparates hoy, delante de vos? Porque sentiría tanto...

-No, hijo mío, no he oído nada.

-Entonces tomaremos el camino de los estudiantes.

Después de haber doblado a la izquierda por el bosque, Pablo volvió a su primera frase:

-Os decía, pues, se?or cura, que hacíais mal en tomar así las cosas por su lado trágico. ?Queréis que os comunique lo que pienso? Es una gran felicidad lo que acaba de suceder.

-?Una gran felicidad?

-Sí, y muy grande... Prefiero los Scott a los Gallard en Longueval. No habéis oído hace un momento a M. de Larnac que se atrevía a reprocharles que gastaban locamente su dinero? Nunca es una locura gastar el dinero. La locura es guardarlo. Vuestros pobres, pues estoy seguro que es lo que más os da que pensar, han tenido hoy buena suerte. Esa es mi opinión. ?La religión? sí, la religión... ?Ellos no irán a misa! eso os causa pena; es natural; pero en cambio os enviarán dinero, mucho dinero... y vos lo tomaréis y haréis bien. Ya veis como no protestáis. Va a caer una lluvia de oro sobre toda la comarca... ?Un movimiento! ?un barullo! carruajes de cuatro caballos, postillones empolvados, rally-papers, paseos, bailes, fuegos artificiales... Y aquí en el bosque, en este mismo camino que llevamos, encontraré quizá a París dentro de poco. Y veré a las dos amazonas con los dos peque?os grooms de que hablaba no hace mucho. ?Si vierais qué elegantes son las dos hermanas a caballo! Una ma?ana, detrás de ellas, di toda la vuelta al Bosque de Boulogne, en París. Todavía me parece que las veo: llevaban sombreros altos, grises, con velitos cortos muy ajustados al rostro, y dos largos vestidos de amazonas, sin costura, con una sola abertura que seguía la línea de la espalda... ?y es preciso que una mujer sea verdaderamente bien formada para llevar vestidos así! Porque, mirad, se?or cura, con los trajes de amazonas sin costura no hay enga?o posible...

Hacía rato que el cura no prestaba la menor atención al discurso de Pablo. El carruaje había entrado en una calle bastante larga y perfectamente recta. Al fin de esta calle el cura veía venir a un caballero a galope.

-Mirad-dijo el cura a Pablo,-mirad vos que tenéis mejores ojos que yo; ?no es Juan el que viene allá?

-Sí, pues, es Juan, reconozco su yegua mora.

Pablo tenía mucha afición a los caballos; siempre, antes de mirar al caballero, miraba al caballo. En efecto, era Juan, que, al divisar de lejos al cura y a Pablo, agitó en el aire su quepis, que llevaba dos galones de oro. Juan era teniente del regimiento de artillería de guarnición en Souvigny.

Algunos momentos después se detenía junto al carruaje, y dirigiéndose al cura, le dijo:

-Vengo de vuestra casa, mi padrino. Paulina me dijo que habíais ido a Souvigny por la venta... Y... ?quién compró el castillo?

-Una americana, madama Scott.

-?Y Blanche-Couronne?

-La misma madama Scott.

-?Y la Rozeraie?

-También madama Scott.

-Y el bosque... ?todavía madama Scott?

-Tú lo has dicho-replicó Pablo...-Y yo la conozco a madama Scott... y vamos a divertirnos en Longueval y te presentaré... Pero todo esto causa pena al se?or cura... porque es una americana, una protestante.

-?Ah! es verdad, mi pobre padrino... En fin, de eso hablaremos ma?ana, que iré a comer con vos: ya se lo previne a Paulina. Ahora no puedo detenerme, estoy de semana, y a las tres debo hallarme en el cuartel.

-?Para la revista?-preguntó Pablo.

-Sí, para la revista. ?Hasta la vista, Pablo!... ?Hasta ma?ana, padrino!

El teniente de artillería continuó su galope, Pablo soltó las riendas a su yegua.

-?Qué buen muchacho es este Juan!-dijo Pablo.

-?Oh! sí.

-?No hay en el mundo nada mejor que Juan!

-No, nada mejor.

El cura se volvió para mirar a Juan que se perdía ya en la espesura del bosque.

-Sí, se?or, hay algo, y sois vos, se?or cura.

-No, yo no.

-?Pues bien! ?queréis que os lo diga, se?or? no hay en el mundo nada mejor que vosotros dos, Juan y vos. ?Esa es la pura verdad!... ?Ah! ved qué lindo terreno para trotar! Voy a dejar correr a Niniche... ?Sabéis que la llamo Niniche?

Con la punta del látigo, Pablo acarició en flanco de Niniche, que comenzó a trotar con un trote infernal.

-?Mirad cómo levanta las patas, se?or cura, mirad cómo levanta las patas! ?con tanta regularidad!... Parece una verdadera máquina... Inclinaos para ver.

El cura, por dar gusto a Pablo, se asomó a ver cómo levantaba las patas Niniche... mientras seguía pensando en otra cosa.

Chapter 2 No.2

Llamábase este teniente de artillería Juan Reynaud, y era hijo único del médico de aldea que descansaba en el cementerio de Longueval. Cuando en 1846, el abate Constantín vino a tomar posesión de su peque?o curato, un doctor Reynaud, el abuelo de Juan, hallábase instalado en una risue?a casita, sobre el camino de Souvigny, entre los dos castillos de Longueval y de Lavardens.

Marcelo, el hijo de este doctor, terminaba en París sus cursos de medicina. Era muy estudioso y poseía un espíritu muy distinguido. Fue el primero en el concurso de agregación, y estaba resuelto a permanecer en París, para tentar fortuna; todo le prometía la más feliz y brillante carrera, cuando recibió en 1852 la noticia de la muerte de su padre, ocasionada por un ataque de apoplejía. Marcelo corrió a Longueval con el corazón desgarrado: adoraba a su padre. Pasó un mes al lado de su madre, y al cabo de ese tiempo, le manifestó la necesidad de volver a París.

-Es verdad-le dijo ella,-es preciso que te vayas.

-?Cómo! ?que me vaya?... Que nos vayamos los dos. ?Crees, acaso, que te dejaré aquí sola? Te llevo conmigo.

-?Ir a vivir a París yo!... ?Abandonar la tierra en que nací, donde vivió y murió tu padre! ?No, nunca lo haré, hijo mío, jamás! Vete solo, porque tu vida y tu porvenir te llaman allá. Te conozco y sé que no me olvidarás, que vendrás a verme siempre, siempre.

-No, madre mía-respondió él,-me quedaré.

Quedose... Sus esperanzas, sus ambiciones, todo desapareció en un minuto. Sólo vio una cosa: el deber, que consistía en no abandonar a su madre anciana y enferma. En este deber aceptado y cumplido con toda su naturalidad, halló su felicidad. Por lo demás, siempre en el cumplimiento del deber, es donde se encuentra la felicidad.

Marcelo se plegó de buena voluntad y con gusto a su nueva existencia; continuando la vida de su padre, siguiendo su camino desde el mismo lugar en que él lo dejara. Entregose completamente, sin pesar, con placer más bien, a la obscura profesión de médico de aldea. Su padre le había dejado un poco de dinero, algunas tierras, y él vivía modestamente, consagrando la mitad de su existencia a los pobres, de quienes jamás recibió un sueldo. Este era su único lujo.

Una joven sin fortuna se encontró en su camino, preciosa y sola en el mundo. Se casó con ella en 1855, y el a?o siguiente reservaba un gran dolor y una grande alegría: la muerte de su anciana madre y el nacimiento de su hijo Juan.

Con seis semanas de intervalo, el abate Constantín recitó la plegaria de los muertos en la tumba de la abuela y asistió, en calidad de padrino, al bautismo del nieto.

A fuerza de encontrarse a la cabecera de los que sufrían y de los que morían, el sacerdote y el médico con el mismo corazón y el mismo movimiento, se sintieron atraídos uno hacia el otro. Sintieron que pertenecían a la misma familia, a la misma raza, a la raza de los buenos, los justos y los bienhechores.

Los a?os sucedieron a los a?os, tranquilos, suaves, en el goce de la plena satisfacción del trabajo y del deber cumplido. Juan crecía...

Su padre le dio las primeras lecciones de ortografía, y el cura las primeras de latín. Juan era inteligente y laborioso, e hizo tales progresos, que sus dos profesores, el cura sobre todo, al cabo de algunos a?os se inquietaron, pues su discípulo sabía ya casi más que ellos. Por ese tiempo fue la Condesa, después de la muerte de su marido, a establecerse en Lavardens, trayendo un preceptor para su hijo Pablo, el cual era un hombrecillo precioso, pero de los más perezosos. Los dos ni?os contaban la misma edad, y se conocían desde sus primeros a?os.

Madama de Lavardens quería mucho al doctor Reynaud, y un día le hizo la siguiente proposición:

-Enviadme a Juan todas las ma?anas, y os lo devolveré todas las noches; el preceptor de Pablo es un joven muy distinguido, que hará adelantar a los dos ni?os, y me prestaréis un se?alado servicio, doctor, pues Juan dará el ejemplo a Pablo.

Así se arreglaron las cosas, y el peque?o burgués dio, en efecto, al peque?o gentil-hombre excelentes ejemplos de trabajo y aplicación; mas estos excelentes ejemplos no fueron seguidos.

Estalló la guerra. El 14 de septiembre, a las siete de la ma?ana, los movilizados de Souvigny se reunieron en la plaza principal de la aldea; llevando por capellán al abate Constantín y por cirujano mayor al doctor Reynaud. Los dos habían concebido la misma idea, al mismo tiempo: el sacerdote contaba sesenta y dos a?os y el médico cincuenta.

El batallón, al partir, siguió el camino que atravesaba Longueval y pasaba ante la casa del doctor. Madama Reynaud y Juan esperaban a la orilla del camino. El ni?o se arrojó en los brazos de su padre: ?Llévame, papá, llévame.? La madre lloraba. El doctor los abrazó fuertemente a los dos, y continuó su marcha.

A cien pasos de allí el camino hacía un recodo. El doctor se volvió, lanzando hacia su mujer y su hijo una larga y profunda mirada... ?La última! Ya no debía volver a verlos.

El 8 de enero de 1871, los movilizados de Souvigny atacaban la aldea de Villersexel, ocupada por los prusianos, que habían almenado las paredes y habían formado barricadas en las casas. La fusilería estalló. Un movilizado que marchaba a la cabeza, recibió una bala en el pecho y cayó. Hubo un momento de confusión y duda. ??Adelante, adelante!? gritaron los oficiales. Los hombres pasaron por sobre el cuerpo de su camarada, y bajo una lluvia de balas entraron en la aldea.

El doctor Reynaud y el abate Constantín, que marchaban con las tropas, se detuvieron junto al herido, que arrojaba gran cantidad de sangre por la boca.

-No hay nada que hacer-dijo el doctor;-se muere, es vuestro.

El sacerdote se arrodilló junto al moribundo, el doctor, levantándose, se dirigió hacia la aldea. No habría andado diez pasos, cuando se detuvo, abrió los brazos y cayó de golpe al suelo. El sacerdote corrió hacia él; pero ya estaba muerto, herido por una bala en la sien.

Esa noche la aldea era nuestra, y al siguiente día se depositó en el cementerio de Villersexel el cuerpo del doctor Reynaud. Dos meses después, el abate Constantín traía a Longueval los restos de su amigo, y detrás del ataúd, a la salida de la iglesia, caminaba un huérfano. Juan había perdido también a su madre. Al recibir la noticia de la muerte de su marido, quedose anonadada, embrutecida, sin poder pronunciar una palabra ni derramar una lágrima. Después fue presa de la fiebre, el delirio, y al cabo de quince días murió.

Juan se encontraba solo en el mundo a los catorce a?os. De esta familia en que todos, desde un siglo hasta entonces, habían sido honorables, sólo quedaba un ni?o arrodillado sobre una tumba, y que prometía también ser lo que había sido su abuelo, lo que había sido su padre: trabajador y bueno. Hay en Francia familias como ésta, muchas, muchas más de lo que se cree; nuestro país se ve calumniado cruelmente por ciertos novelistas que hacen de él pinturas violentas y exageradas. Verdad es que la historia de la gente buena es con frecuencia monótona o dolorosa, como lo prueba esta narración.

El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneció triste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abate Constantín lo llevó consigo al presbiterio.

El día había sido lluvioso y frío. Juan se hallaba sentado junto al fuego; el sacerdote leía su breviario; la vieja Paulina iba y venía arreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuando Juan, de repente, levantando la cabeza dijo:

-Padrino, ?mi padre me ha dejado algún dinero?

La pregunta era tan extra?a, que el abate estupefacto creyó haber oído mal.

-?Me preguntas si tu padre?...

-Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algún dinero.

-Sí, ha debido dejarte dinero...

-?Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padre era rico. Decidme, más o menos, ?cuánto me habrá dejado?

-Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas...

El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ?Esta pregunta, en semejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y en ese corazón no debían caber tales pensamientos.

-Por favor, padrino, decidme...-continuó Juan con dulzura,-después os explicaré por qué os lo pregunto.

-Pues bien, tu padre poseía, según dicen, dos o trescientos mil francos.

-?Y eso es mucho dinero?

-Sí, es mucho dinero.

-?Y todo ese dinero es mío?

-Sí, todo ese dinero es tuyo.

-?Ah! me alegro, porque el día en que murió mi padre, allá, durante la guerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a él, al hijo de una pobre mujer de Longueval... la anciana Clement, ?sabéis? Y también al hermano de Rosalía, con quien yo jugaba cuando era ni?o. Bueno, pues ya que yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la se?ora Clement y con Rosalía el dinero que me deja mi padre.

Al oír estas palabras, el cura se levantó, tomó las dos manos de Juan, y atrayéndolo hacia sí, lo rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza blanca sobre la cabeza rubia del joven.

Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote, rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en las arrugas de su rostro.

Sin embargo, el cura explicó a Juan que, aunque poseedor de la herencia de su padre, no tenía aún el derecho de disponer de ella a su antojo. Habría un consejo de familia, y le darían un tutor.

-Vos, sin duda, mi padrino.

-No, yo no, hijo mío, un sacerdote no tiene derecho para ejercer la tutela. Creo que nombrarán a M. Lenient, el notario de Souvigny, que era uno de los mejores amigos de tu padre, tú le hablarás y le explicarás lo que deseas.

En efecto, el consejo de familia designó a M. Lenient para desempe?ar las funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tan conmovedoras, que el notario consintió en tomar de las rentas la suma de dos mil cuatrocientos francos que todos los a?os, hasta la mayor edad de Juan, se dividió entre la anciana Clement y la joven Rosalía.

Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia.

-Dadme a Juan-dijo al abate Constantín,-dádmelo hasta el fin de sus estudios; yo os lo traeré todos los a?os durante las vacaciones. No es un servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedo desear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentáneamente Lavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y sólo en París encontraré los maestros y recursos necesarios para ello. Llevaré allá a los dos ni?os, que se educarán juntos, bajo mi vigilancia, fraternalmente. Podréis estar seguro de que no haré la más mínima diferencia entre ellos.

Era difícil no aceptar una oferta como ésta. El anciano sacerdote habría deseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en la separación; ?pero dónde estaba el interés de Juan? era lo único que debía preguntarse. Lo demás no era nada... Llamaron a Juan.

-Hijo mío-le dijo madama de Lavardens,-?quieres venir a vivir conmigo y con Pablo durante algunos a?os, en París?

-Sois demasiado buena se?ora; ?pero habría deseado tanto poder quedarme aquí!-dijo, mirando al cura que volvió la cara a otro lado.-?Por qué partís?-continuó.-?Por qué queréis llevarnos a Pablo y a mí?

-Porque sólo en París podréis terminar seria y útilmente vuestros estudios. Pablo se preparará para los exámenes de Saint-Cyr, pues quiere ser soldado.

-Y yo también, se?ora, quiero serlo.

-?Tú soldado!-exclamó el cura;-pero no eran esas las miras de tu padre... Muchas veces, en presencia mía, tu padre hablaba de tu porvenir, de tu carrera: debías ser médico, como él, médico de aldea, médico de Longueval... y como él asistir a los pobres, y como él cuidar a los enfermos. Juan, hijo mío, acuérdate.

-Me acuerdo, me acuerdo.

-Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, y para eso tienes que ir a París. Tú desearías quedarte aquí, ?oh! yo lo comprendo y yo también quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir a París a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eres verdadero hijo de tu padre, y serás un hombre honrado y trabajador; no se puede ser lo uno sin lo otro. Y un día en la casa de tu padre, en el mismo lugar donde él ha hecho tanto bien, los pobres de la aldea hallarán otro doctor Reynaud que los socorrerá como él. Y si por casualidad ese día soy todavía de este mundo, me consideraré tan feliz, ?tan feliz!... Pero hago mal en hablar de mí... No debería... yo no soy nada... En tu padre sólo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus más ardientes votos; no puedes haberlo olvidado.

-No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoy seguro que me comprende, y me perdona, pues es por él...

-?Por él?...

-Sí, cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto en el acto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sería soldado... ?y seré soldado!... Mi padrino, y vos, se?ora, os ruego que no os opongáis...

El ni?o se echó a llorar en una verdadera crisis de desesperación. La Condesa y el abate lo calmaron con dulces palabras.

-Sí... sí... convenido... todo lo que quieras, serás todo lo que quieras...

Los dos tenían el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es un ni?o y cambiará de idea. En lo cual los dos se enga?aban: Juan no cambió de idea.

En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juan recibió el undécimo lugar en la Escuela Politécnica. El día en que se publicó la lista de los candidatos admitidos, escribió al abate Constantín.

?He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejército y no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en la escuela, haré un bien a uno de mis camaradas, que obtendrá mi puesto.?

Así sucedió... Juan hizo más que conservar su lugar, pues en las clasificaciones de salida obtuvo el número siete. Pero en vez de entrar a la Escuela de Puentes y Calzadas, ingresó a la Escuela de Aplicación de Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintiún a?os. Era mayor de edad, due?o y se?or de su fortuna, y el primer acto de su administración fue un grande, grandísimo gasto. Compró para la anciana Clement y para la peque?a Rosalía, que ya era grande, dos títulos de renta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setenta mil francos, casi lo que gastó Pablo en su primer a?o de libertad en París, por la se?orita Lise Bruyère, del teatro del Palais-Royal.

Dos a?os después, Juan salió el primero en la Escuela de Fontainebleau, lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Había uno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba tres kilómetros de Longueval; Juan pidió este puesto y lo obtuvo.

Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9.o regimiento de artillería, volvió en el mes de octubre de 1880 a tomar posesión de la casa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldea donde transcurrió su infancia y donde todo el mundo conservaba el recuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantín pudo gozar la alegría de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y si debiéramos decirlo todo, no sentía mucho que Juan hubiera dejado de ser médico. Cuando salía de su iglesia, después de haber dicho su misa, y veía flotar por el camino una nube de polvo, cuando sentía temblar la tierra bajo el peso de los ca?ones... se detenía, y como un ni?o, se complacía en ver pasar el regimiento... ?Pero el regimiento para él era Juan! Era ese robusto y sólido caballero en cuya fisonomía se leía claramente la rectitud, el valor y la bondad.

Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y venía a charlar un momento con su padrino. El caballo volvía la cabeza hacia el abate, pues sabía que siempre había un terrón de azúcar para él en el bolsillo de aquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por la ma?ana. El abate poseía otra muy linda y muy nueva, que se guardaba para las grandes ocasiones.

Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... y todas las miradas buscaban a Juan, al peque?o Juan; pues para los viejos de Longueval siempre era el peque?o Juan. Cierto paisano todo arrugado y agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar: ??Eh! buen día, chicuelo, ?cómo te va?? Y tenía seis pies de altura el tal chicuelo.

Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivas ventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risue?a cara de Rosalía. Esta última se había casado el a?o anterior, siendo Juan uno de los testigos, y de los que más alegremente bailaron la noche de la boda con las jóvenes de Longueval.

Tal era el subteniente de artillería que el sábado 28 de mayo de 1881, a eso de las cinco de la tarde, echó pie a tierra ante la puerta del presbiterio del Longueval. Entró seguido dócilmente por su caballo, que por sí mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que había en el patio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acercó y la besó con cari?o en las dos mejillas.

-Buen día, mi buena Paulina, ?cómo te va?

-Muy bien, ocupándome de tu comida. ?Quieres saber lo que hay? Sopa de papas, una pata de carnero y crema.

-?Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre.

-Y ensalada, se me olvidaba ensalada que tú me ayudarás a preparar. Comerán a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete y media, comienza el mes de María.

-?Dónde está mi padrino?

-En el jardín. Está muy triste el se?or cura, a causa de la venta de...

-Sí, ya sé, ya sé...

-Al verte se alegrará un poco. ?Se pone tan contento cuando tú vienes! Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... ?Qué calor tiene Loulou!

-Di toda la vuelta al bosque tan aprisa...

Juan tomó a Loulou que se dirigía a los rosales, la desensilló, la ató y le alcanzó un gran montón de pasto seco. Después entró a la casa, quitose el sable y cambió el quepis por un viejo sombrero de paja de cinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardín.

En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No había pegado los ojos en toda la noche, él, que generalmente dormía con tanta facilidad como un ni?o. Su alma estaba desgarrada. ?Longueval en manos de una extranjera, de una hereje, de una aventurera! Juan repetía lo que Pablo había dicho la víspera:

-Tendréis dinero, mucho dinero para vuestros pobres.

-?Dinero, dinero!... Sí, mis pobres no perderán nada, quizá ganarán... Pero ese dinero tendré que ir a pedirlo, y en el salón, en vez de mi vieja amiga encontraré a esa americana de cabellos rojos, ?parece que tiene los cabellos rojos! Iré seguramente por mis pobres, iré... y ella me dará dinero, pero no me dará nada más que dinero. La Marquesa daba algo más, daba parte de su vida, parte de su corazón, juntos íbamos todas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conocía todos los sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y cuando yo estaba clavado por la gota en mi sillón, ella hacía las visitas sola, tan bien o mejor que yo.

Paulina vino a interrumpir esta conversación apareciendo con una inmensa ensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas, grandes flores rojas.

-Aquí vengo a buscar la ensalada. Juan, ?quieres lechuga o achicoria?

-Achicoria-respondió Juan alegremente.-Hace mucho tiempo que no como achicoria.

-Pues bien, esta noche comerás... Toma, tenme la ensaladera...

Paulina comenzó a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibir las hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer.

En ese momento se oyó un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruaje que sonaba demasiado.

El jardincito del abate Constantín, sólo estaba separado del camino por una verja muy baja, en medio de la cual había una peque?a puerta.

Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de forma primitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por un cochero de blusa. Junto al cochero iba un criado con librea de la más severa y perfecta corrección. En el carruaje iban dos jóvenes que llevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos.

Cuando el carruaje se encontró ante la verja del jardín, el cochero detuvo los caballos y dirigiéndose al cura, dijo:

-Se?or cura, estas se?oras os buscan.-Luego, volviéndose a sus clientas:-Ahí tenéis al se?or cura de Longueval.

El abate Constantín se aproximó y abrió la peque?a puerta. Las viajeras descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven oficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja en la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de achicoria.

Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticinco a?os), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algo extra?o y muy original:

-Me veo obligada, se?or cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott, la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ?No os molesto, se?or, y podréis acordarme durante cinco minutos vuestra atención?-Luego, designando a su compa?era de viaje:-Miss Bettina Percival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho, ?no es verdad? ?Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras carteras, y las necesitaremos.

-Voy a buscarlas.

Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:

-Permitidme, se?orita, que os las traiga.

-Siento, se?or, molestaros... El sirviente os las entregará. Están en el asiento de adelante.

Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandes ojos negros, risue?os y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del sol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregar a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.

Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducía en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.

Chapter 3 No.3

En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza del piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación para la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dos viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda, sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan.

Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantil curiosidad la instalación del cura.

-El jardín, la casa, todo es precioso aquí-decía madama Scott.

Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín las seguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina invasión americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con aire inquieto y sombrío.

-?Estas son-pensaba,-las herejes, las excomulgadas!

Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la ensalada.

-?Os felicito, se?orita-le dijo Bettina,-por el perfecto orden que reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ?no era así el presbiterio que deseabais?

-Y el cura también-respondió madama Scott.-?Ah! sí, se?or cura, ?queréis dejarme decíroslo? ?Si supierais cuán feliz me considero por haberos encontrado tal cual sois! Esta ma?ana en el tren, ?qué os decía, Bettina? ?y hace un momento en el carruaje?

-Mi hermana me decía, se?or cura, que deseaba, sobre todo, encontrar un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos blancos, y aire bondadoso y tranquilo.

-Y vos reunís todas esas condiciones, se?or cura. No podíamos haber encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de una manera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés me costaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, se?or cura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevas parroquianas.

-?Mis parroquianas!-exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, el movimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutos lo habían abandonado completamente.-Mis parroquianas! Perdón, se?ora, se?orita... ?Estoy tan conmovido! ?Seríais... sois, acaso, católicas?

-?Sí, se?or, somos católicas!

-?Católicas, católicas!-repitió el cura.

-?Católicas, católicas!-exclamó la vieja Paulina, apareciendo radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la cocina.

Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro, apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo recibieron con la misma palabra.

-?Católicas, católicas!

-?Ah! comprendo al fin-dijo madama Scott riendo;-?nuestro nombre y nuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos, nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mi hermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismos americanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mi marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son católicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros, se?or abate.

-Por eso y por otra cosa-continuó Bettina,-mas para la otra cosa necesitamos nuestras carteras.

-Aquí las tenéis, se?orita-respondió Juan.

-Esta es la mía.

-Y esta otra la mía.

Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero estaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en toda regla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en una presentación: el apellido de Juan.

-Es Juan-dijo,-mi ahijado, subteniente del regimiento de artillería de guarnición en Souvigny; es de la casa.

Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos peque?as, y comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de serpiente con anillos de oro.

-Os traía esto para vuestros pobres, se?or cura-dijo madama Scott.

-Y yo esto otro-agregó Bettina.

Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda del anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos, pensaba:

-?Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquí dentro... Sí, pero ?cuánto, cuánto?

Sesenta y dos a?os contaba el abate Constantín, y mucho dinero había pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es verdad; pero este dinero lo recibía por peque?as cantidades y la sospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ?Dos mil francos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.

No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer; balbuceaba:

-Os doy muchísimas gracias, se?ora; sois demasiado buena, se?orita.

En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.

-Mi padrino, estas se?oras acaban de daros dos mil francos.

Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:

-?Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!

Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.

-?Dos mil francos, dos mil francos!

-Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y tened mucho cuidado con él...

Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera, boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos dolores disminuidos.

-No es eso todo, se?or cura-dijo madama Scott,-os daré quinientos francos todos los meses.

-Y yo haré como mi hermana.

-?Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.

-Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho... ?mientras que yo! ?ah, yo! ?todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo! Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo, decid, se?or cura, ?para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos también vais a darme algo.

Y dirigiéndose a Paulina agregó:

-?Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, se?orita? No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.

-Y yo-dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso de agua,-yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Se?or cura, voy a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y... ?No podríais invitarnos a comer?

-?Bettina!-dijo madama Scott.

-Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ?No es verdad que queréis, se?or cura?

Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que le pasaba. ?Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ?Le traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían comer con él; ?ah! ?esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba:

-?A comer... a comer! ?queríais quedaros a comer aquí?

Juan intervino una vez más.

-Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros; pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no esperéis, pues, un festín, se?oras. En fin, seréis indulgentes.

-Sí, sí-respondió Bettina,-muy indulgentes.

Luego, dirigiéndose a su hermana:

-Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ?queréis? Descansaremos pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible, en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ?y con un calor! ?Nos sirvieron un almuerzo tan espantoso esta ma?ana en el hotel! y debíamos volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no decís que no. ?Ah! ?cuán buena sois, mi Zuzie!

Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:

-Si supierais, se?or cura, cuán buena es.

-?Bettina, Bettina!

-Vamos, Paulina-dijo Juan,-pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.

-Y yo también-exclamó Bettina,-yo también quiero ayudaros. ?Oh! ?esto me divertirá tanto! Pero, se?or cura, permitidme hacer de cuenta que estoy en casa.

Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita perfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.

Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada rapidez; pues fue la se?al de un precioso desorden. Toda una avalancha de cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobre los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno sobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndida belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda a su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en orden.

Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina que se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.

-Pero, se?or-le decía a Juan,-yo sé muy bien poner la mesa. Preguntadle a mi hermana... ?Decid, Zuzie, cuando yo era chica en New-York, no ponía bien la mesa?

-Sí, muy bien-respondió madama Scott.

Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina, quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muy agradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero el desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición.

Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y el oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego, con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro, gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, la conversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad.

-Vais a ver, se?or cura-dijo Bettina,-vais a ver cómo no he mentido, si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca me he sentado a la mesa con tanto gusto. ?Esta comida terminará también la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser due?as del castillo, la granja, los bosques...

-Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como imprevista. ?No nos lo imaginábamos!

-Ni lo so?ábamos, Zuzie... Sabéis, se?or cura, que ayer fue el cumplea?os de mi hermana... Pero primero, perdonad, se?or... se?or Juan, ?no es así?

-Sí, se?orita, así es.

-?Pues bien, se?or Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa, os lo ruego!

El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero, sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente con sus deberes de due?o de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.

Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.

-Os decía, se?or cura-continuó Bettina,-que ayer fue el santo de mi hermana, su cumplea?os. Mi cu?ado partió forzosamente para América hará unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: ?No estaré aquí para vuestro día, mas recibiréis noticias mías.?

Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi cu?ado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a caballo por el bosque... y a propósito de caballo...

Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de Juan, cubiertas de polvo.

-Pero, se?or, ?usáis espuelas?

-Sí, se?orita.

-?Estáis en la caballería?

-Estoy en la artillería, se?orita, y la artillería es la caballería.

-?Y vuestro regimiento está de guarnición?...

-Muy cerca de aquí.

-?Entonces saldréis a caballo con nosotras?

-Convenido. ?Veamos ahora en qué estaba?

-No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos se?ores cosas que no pueden interesarles.

-?Oh! dispensad, se?ora-dijo el cura.-En toda la comarca no se trata por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de la se?orita nos interesa mucho.

-Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al se?or cura. Continúo, pues. Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos líneas solamente: ?He hecho comprar para vos, hoy el castillo de Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del Norte.? Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...

-No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente, sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de mi santo. Era una delicada atención de su parte.

-Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno grande de alegría.

-Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos due?as, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...

-En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de ferrocarriles, y esta ma?ana, por el tren de las diez, desembarcamos en Souvigny.

-Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas de lo que hemos visto. No obstante, se?or cura, hay algo que me intriga. Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las personas que me han acompa?ado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me disgustaría saber... Decid, se?or cura, si lo sabéis, decidme el precio.

-Un precio enorme-respondió el cura,-pues se agitaban muchas esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.

-?Un precio enorme! me asustáis... ?Cuánto, exactamente?

-?Tres millones!

-?Nada más!-exclamó madama Scott;-?el castillo, las granjas, el bosque, todo por tres millones?

-Pero es tirado-dijo Bettina.-Sólo el precioso río que pasea por el parque, vale los tres millones.

-?Y decíais, se?or cura, que muchas personas nos disputaban las tierras y el castillo?

-Sí, se?ora.

-?Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre?

-Sí, se?ora.

-?Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de mí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Pues bien, se?or cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por favor, me repitáis lo que dijeron de mí.

-Pero, se?ora-respondió el pobre cura, que estaba sobre ascuas,-hablaron de vuestra inmensa fortuna...

-Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de poco tiempo a esta parte... una parvenue, ?no es así? Está bien, pero no es todo, debieron decir otras cosas.

-No, no he oído nada...

-?Oh! se?or cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentira caritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis ser la sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengo grande interés en saber lo que se ha dicho, lo que...

-?Por Dios! se?ora-interrumpió Juan,-tenéis razón, han dicho otra cosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís, dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y de las más...

-?Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia han podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más...

-?Ah! ?sí?

-Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona historias absurdas y falsas, ?no tendré razón de pensar que me ayudaréis a desmentirlas?

-Sí, se?ora-respondió Juan con extrema vivacidad,-hacéis bien en pensarlo.

-Pues a vos me dirijo, se?or. Sois soldado, debéis tener valor; prometedme ser valiente; ?me lo prometéis?

-?Qué entendéis, se?ora, por ser valiente?

-Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.

-Está bien; lo prometo...

-?Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os dirija?

-Responderé.

-?Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?

-Sí, se?ora, me lo han dicho.

-?Y que había sido amazona de un circo ambulante?

-Me lo han dicho, se?ora.

-?Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ?Pues bien! notad primero, que en todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ?no tengo derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os la referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primer día, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que os hablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que sepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo he sido, y muy pobre; hará de esto ocho a?os... Acababa de morir mi padre, siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho a?os y Bettina nueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran pleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: ?Zuzie, no hagas ninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréis millones, hijas mías, ?millones!? y nos besó a las dos, a Bettina y a mí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: ??Millones!? Al día siguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas las deudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechos al pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras en el Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses, estuvimos muy pobres.

-Y entonces era cuando yo ponía la mesa-dijo Bettina.

-Pasaba mi vida en casa de los Solicitors de New-York. Pero nadie quería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la misma respuesta: ?Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos y temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil dollars, aceptad, vended el pleito.?

Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre, y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un día fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M. William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estaba sentado un joven: ??Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!? Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... ??Zuzie!-?Richard!? y nos tendemos la mano. El tenía veintitrés a?os y yo dieciocho, y muchas veces, cuando ni?os, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos amigos. Después, siete u ocho a?os antes de esto, él fue a terminar su educación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar, preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió: ?Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esa suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado; ?sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algún socorro...-No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo con viveza Richard.-Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...? Y se levantó para acompa?arme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el primero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, pero sentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas. Me repuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en mi casa. ?Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros, prometédmelo.? Yo le prometí. ?Pues bien, con la sola condición de que mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma que necesitáis.-?Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis lo que es, lo que vale!-No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo. ?Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi dinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.? Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tres meses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin apelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cinco millones. Fui a consultar a Richard. ?Rehusad, y esperad; si os ofrecen esa suma, es porque los terrenos valen el doble.-Pero es preciso que os devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.-?Oh! por eso no, más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito no corre ningún peligro.-Pero quisiera pagaros ahora mismo; ?odio las deudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard, ?queréis ser mi marido?? Sí, se?or cura-dijo madama Scott, riendo,-fui yo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; esto lo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me veía obligada a hacerlo así, pues nunca, ?oh! estoy tan segura, nunca habría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba a mí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de mi casamiento.

En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras. Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los a?os una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo veis, se?or cura... porque nosotras también hemos conocido días crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro peque?o comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontas a socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de las dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, se?or Juan, ?queréis perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece excelente?

Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó:

-No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estas historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, hace un a?o, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los pobres. ?Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la historia salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenes reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a M. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en sus diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante, despidiendo bruscamente a esos se?ores sin decirles nada. Entonces, no sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El primero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y el segundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación, me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia. Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en América no lo son menos.

Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura se?as desesperadas; que éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo todo su valor, dijo al fin:

-Se?or cura, son las siete y cuarto.

-?Las siete y cuarto! ?Oh! se?oras, dispensadme, pero esta tarde tengo que rezar el oficio del mes de María.

-?El mes de María va a principiar en seguida?

-Sí, en seguida.

-?Y a qué hora exacta parte el tren de París?

-A las nueve y media-respondió Juan,-y emplearéis quince a veinte minutos, para llegar a la estación, en carruaje.

-Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.

-Vamos-respondió madama Scott,-pero antes de separarnos, se?or cura, tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras, la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, se?or... los cuatro solos, como hoy. ?Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en invitaros.

-Y nosotros más en aceptar, se?ora-respondió Juan.

-Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, para que estrenemos juntos el castillo.

Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con mucha animación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó con estas palabras:

-?Vos estaréis allí?-decía Bettina.

-Sí, estaré.

-?Y me diréis en qué momento?

-Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el se?or cura, y es preciso que ni sospeche...

Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa. Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente, caminaban por la avenida.

En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de las demás tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta inscripción grabada sobre la piedra:

Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de Villersexel. Rogad por él.

Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:

-?Era su padre!

Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza inclinada, permanecieron allí durante algunos instantes pensativas, conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, con el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su marcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primera plegaria en Longueval.

El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.

Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, a las due?as de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina a la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.

Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y en el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:

-Ahora es el momento, se?orita-dijo Paulina, cuyo corazón latía de impaciencia.-?Pobre viejo, qué contento se va a poner!

Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como un murmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín se sintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de lágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo que quería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.

Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fue preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar una rêverie de Chopín, en la iglesia de Longueval.

Al día siguiente, a las cinco y media de la ma?ana, tocaban botasilla en el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su batería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento están instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en conjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras de baterías organizadas.

Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilar cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y apostura de sus hombres; pero esa ma?ana prestó poca atención a los peque?os detalles del servicio.

Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este problema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuela politécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta:

-?Cuál de las dos es más linda?

En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada batería trabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas veces cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la dirección de las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de la maniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa del capitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz y muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tres movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitán tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una peque?a reprimenda terminada por estas palabras:

-No lo comprendo. ?Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto os sucede.

También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veía otra cosa que ca?ones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía, no la segunda batería montada del 9.o de artillería, sino la imagen distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el momento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía:

-?La más linda es madama Scott!

La maniobra se divide todas las ma?anas en dos partes, con intervalo de diez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar. Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Su pensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio de Longueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percival era una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oía aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la armonía algo extra?a de su voz particular y penetrante encantaba aún su oído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él, inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos peque?as manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en la sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta de Bettina.

?Una ni?a, no era más que una ni?a! Las trompetas llamaron y comenzó de nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni la responsabilidad. Las cuatro baterías ejecutaban evoluciones de conjunto. Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres, caballos, ca?ones, ora desplegada en una sola línea de batalla, ora reunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de un solo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductores saltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del tren delantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego con sorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductores enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba a gran trote a través de los campos de maniobras.

Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el pensamiento de Juan. Aparecíasele risue?a y ruborosa, en medio de las olas de oro de sus cabellos sueltos. Se?or Juan... ella lo había llamado se?or Juan... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ?Y los últimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!... Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más, seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juan sentía aún el contacto de aquella peque?a mano desnuda que vino a posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.

-Me enga?aba hace un momentose decía Juan,-la más linda es miss Percival.

La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás de otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un huracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, las dos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien en sus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en la otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacía imposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos de comparación.

Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en el pensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer de volverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró; persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado e inquieto.

-?Habré cometido-pensaba,-el desatino de enamorarme locamente a primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres a la vez.

Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón de veinticuatro a?os. Nunca el amor había penetrado plena, franca y abiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ?y había leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitas y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que les dijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar por amor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve o superficial agitación, nunca lo había pensado.

Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir la América cuando no hacía más que volverla a encontrar.

Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo, una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos, de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí dedujo que esos placeres no se hicieron para él.

Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror; mas todos los a?os, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado con las aldeanas de la comarca.

Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.

Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación. Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y todavía lo estaba.

En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la ma?ana, en el patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campa?a. La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido mucho, pero el pobre cura no había dormido nada.

Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando como un avaro en hacerlos sonar. ?Suyo, todo aquello era suyo! es decir, de los pobres.

-No os apuréis tanto, se?or cura-decía Paulina;-sed económico; creo que distribuyendo hoy unos cien francos...

-No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste en mi vida, pero lo habré tenido. ?Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?

-?Cuánto, se?or cura?

-?Mil francos!

-?Mil francos!

Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América, ?y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.

Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a su paso.

Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que la ocultaban, yendo cada limosna acompa?ada del mismo peque?o discurso.

-Esto proviene de los nuevos due?os de Longueval: dos americanas, madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas esta noche.

Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a través de los bosques, de casa en casa, de caba?a en caba?a, andaba, andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos habituadas a recibir peque?as monedas de plata. El cura hizo locuras, verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta a aquellos que no pedían nada.

Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa, y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:

-Tomad, ahí tenéis veinte francos.

-?Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi pensión.

?Su pensión!... ?setecientos francos al a?o!

-Pues bien-respondió el cura,-será para cigarros, pero escuchad bien: esto viene de América...

Y comenzaba de nuevo el panegírico de los due?os de Longueval.

Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes anterior para Túnez.

-Y bien, ?cómo está vuestro hijo?

-Bueno, se?or cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ?Pobre muchacho! yo he hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.

-Le enviaréis treinta... Tomad...

-?Veinte francos! ?se?or cura, me dais veinte francos!

-Sí, os los doy...

-?Para mi hijo?

-Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.

El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con la alegría en el corazón.

-?Lo he dado todo!-exclamó, apenas divisó a Paulina,-?todo, todo!

Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar, el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.

La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja. Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno. Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.

A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el segundo cuadro del segundo acto de Aida, el acto del baile y de la marcha.

Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban sentados en primera fila en un palco bajo. Las se?oritas del cuerpo de baile no estaban aún en la escena, y estos se?ores desocupados se entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los dos una impresión muy viva.

-?Ah, ah!-dijo Puymartin,-ahí está el peque?o lingote de oro.

Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.

-Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro-continuó Martillet.-Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven y ya tan mujer.

-Sí, está preciosa, y alegre también, mira...

-?Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la mina de plata que continúan explotando!

-Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al corriente de las cosas de América.

-?Veinticinco millones! ?Un buen bocado para Romanelli!

-?Cómo! ?Romanelli?

-Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.

-Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli... ?Ah, al fin principia el baile!

Cesaron de hablar. El baile de Aida no dura más que cinco minutos y ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.

Las trompetas heroicas de Aida arrojaron su último sonido en honor de Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de la escena.

Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma: ?Qué hacer? ?qué decidir? ?deberé casarme con ese joven que está enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: ??Está bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.? ?Y así lo haría! ?Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ?Princesa Bettina! ?Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: ?La se?ora Princesa está servida. ?La se?ora Princesa montará a caballo hoy?...? ?Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que desde hace un a?o en París corren tras mi fortuna, este Príncipe Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ?pero acaso lo amo? No, no lo creo... ?y me gustaría tanto amar!... ?Oh, sí, me gustaría tanto!...

A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba, tomando notas, la historia de las campa?as de Turena. Al día siguiente debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia preparaba su lección.

Pero de repente, en medio de sus notas: N?rdlingen, 1645; las Dunes, 1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su pluma. ?Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena, aquella buena mujercita? ?Y cuál de las dos era?... ?Madama Scott o miss Percival? ?Cómo saberlo?... ?Se parecían tanto! Y Juan, penosa, trabajosamente, volvía a la historia de las campa?as de Turena.

En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a miss Percival un marido, según su corazón.

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